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Cada 24 de marzo buscamos la manera de recordar de diferentes formas, apelando a diversos recursos, pensando en las y los protagonistas de los hechos que nos convocan.

Año tras año las actividades propuestas por los organismos de derechos humanos para mantener viva la memoria e interpelar a las nuevas generaciones varían y se multiplican con propuestas que, desde hace ya dos 24, intentan correr el foco de la movilización masiva porque, claramente, propiciar reuniones numerosas no es la mejor opción en tiempos de pandemia. Esta vez, una de las tantas acciones que se propusieron fue plantar árboles para recordar a los 30 mil desaparecidos por la dictadura cívico militar eclesiástica.

Pero el ejercicio de la memoria tiene muchas aristas y dimensiones que trabajan, intencional o inconscientemente todos los días, por décadas. Como el tiempo que se requiere para que un árbol sea, luchar contra el olvido y reponer ciertos conceptos para que los hechos no se repitan en el futuro es un trabajo cotidiano, silencioso y, por sobre todas las cosas, muy largo.

La memoria es una conversación interminable con el pasado, con el presente y con nuestra idea de futuro. Y los libros, que es lo que, en esencia, siempre nos convoca en este espacio, la escritura y la lectura es, como ya se ha dicho por ahí, una ortopedia de la memoria.

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En el ejercicio de esa memoria, cada vez cobran más notoriedad los libros escritos por hijos e hijas de desaparecidos y asesinados por la última dictadura que abordan, ya sea por la vía de la ficción, el ensayo, la autobiografía o la poesía, su propia forma de relacionarse con los hechos que se recuerdan, con la figura de sus padres y madres, con las ausencias, las mentiras que los atraviesan y las identidades que han podido construir.

Hay críticos de la materia que proponen considerar a esos libros como un género literario en sí mismo, como es el caso de Victoria Daona, quien sugiere dos series narrativas para identificarlos: la de las “novelas militantes” y la de las “novelas mutantes”.

Más allá de si esta producción literaria puede o no ser encasillada en un segmento específico, lo cierto es que cada vez vemos más libros de más autores con muy distintos abordajes que enfocan diferentes miradas sobre otros aspectos de la misma gran injusticia.

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Desde la intimidad, como un reclamo personal, como una reivindicación, con una actitud a veces militante, a veces de enojo y muchas otras desde la perspectiva inocente de la infancia, estos libros vienen, sin lugar a duda, a aportar una nueva dimensión a la memoria colectiva.

La orfandad, la soledad, la incertidumbre, el abandono, la mentira, la admiración, el duelo eternamente inconcluso son algunos de los temas que se revelan en estos libros. Se dice que madurar es “matar a los padres” y qué tarea ardua deben tener las personas cuyos padres nacieron muertos a la paternidad o, inclusive, ni siquiera pueden tener alguna certeza sobre la suerte que corrieron.

Parte de ese proceso, de las conclusiones y las respuestas que las y los autores pudieron construirse en base a esa eterna ausencia (que nunca es del todo íntima y personal sino que atraviesa a toda una generación y a la historia de un país, de manera que está sujeta al debate constante), aparece, por poner algunos variados ejemplos, en Diario de una princesa montonera (110% verdad) de Mariana Eva Pérez que con su tono particular le quita el velo sacro a muchas cuestiones que a veces parecen indiscutibles; ¿Quién te creés que sos?, de Ángela Urondo Raboy en el que la autora no sólo aborda la figura de sus padres, el poeta Francisco Urondo y la periodista Alicia Raboy, sino también su propia militancia y ruptura en la Agrupación H.I.J.O.S; ¿Qué pasó con mi padre?, donde Victoria Branca investiga la desaparición del empresario Fernando Branca en la que estuvo involucrado Emilio Massera; o en Hasta ser Victoria, en el que su autora Victoria Montenegro cuenta su camino hacia la restitución de su identidad, como una de las 130 nietas y nietos recuperados hasta el momento.

En otros casos, a través de la ficción estos hijos e hijas víctimas del terrorismo de Estado eligen un camino diferente para reconstruir, problematizar o discutir los hechos que atraviesan su historia personal y la de toda una nación. Tal es el caso, por ejemplo de La respiración violenta del mundo, de Ángela Pradelli; Los topos, de Felix Bruzzone (entre otros títulos de este autor); La casa de los conejos, de Laura Alcoba (entre otros de esta autora); El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron; Perder, de Raquel Robles, entre muchos otros.

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Como si estuviéramos hablando de aquél viejo y discutible mandato que sugería que para que una persona se realice debía “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”, en muchas ocasiones las investigaciones relacionadas con la identidad -y no solamente la de los 500 bebés que fueron apropiados- surgen cuando son las propias hijas e hijos de esta generación huérfana los que comienzan a preguntar dónde están los que no están. Algo de esto explica Félix Bruzzone en su carta publicada en Revista Anfibia hace ya algunos años. Construir desde la ausencia y la falta total de certezas respecto de la suerte que corrió cada uno o alguno de los progenitores implica, sin lugar a dudas, un trabajo introspectivo muy fuerte. Y es evidente que, en ocasiones, eso puede traducirse en arte.

Probablemente para sus autores, estos libros constituyan no sólo una forma de pensarse y repensarse, sino también de exorcizar los demonios que les atormentan y exteriorizar sus fantasías, miedos y expectativas, así como responder a la pregunta sobre quiénes son ellos mismos, tras tratar de fijar quiénes fueron sus padres y madres, qué hicieron con ellos, lo que quisieron y lo que pudieron.

Para las y los lectores, en cambio, estas ficciones, estas reconstrucciones, estas autobiografías y reflexiones aportan nuevas dimensiones a la memoria colectiva, nos hacen partícipes de su propio proceso para deshacerse de la identidad de eternos hijos de la eterna tragedia y ayudan a resignificar su historia, que es la nuestra.

La escritura, en suma, como ortopedia de la memoria.

@trianakossmann

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