por Francisco Aiello (*)

En la Argentina, donde de momento los cursos universitarios de escritura creativa son experiencias incipientes y aisladas, la formación de escritores se sustenta en el empeño autodidacta o en la asistencia a talleres literarios, generalmente coordinados por un escritor de comprobada trayectoria, de acuerdo con ciertos parámetros más o menos consensuados, como la cantidad de libros publicados o el reconocimiento público medible en la presencia mediática y el otorgamiento de premios; es el caso de la gran narradora Hebe Uhart, recientemente fallecida.

Liliana Villanueva asistió a sus clases durante una década y de esa prolongada participación proliferaron anotaciones, subrayados, observaciones sueltas e incluso capturadas en un papelito. Todo ese vasto material fue seleccionado, reagrupado y reelaborado en Las clases de Hebe Uhart, que Blatt & Ríos editó en 2015. Los 17 capítulos de este libro imponen la pregunta respecto de quién habla, pues quien dice yo remite a Uhart, aunque es un yo mediatizado por la escritura de Villanueva.

Así, a través de la pluma de Villanueva, escuchamos a Uhart desplegar reflexiones en torno del proceso de escritura, que por momentos se condensan en frases contundentes a modo de máximas, pero siempre acompañadas de argumentos proveídos por la propia experiencia o por efectivos ejemplos tomados de muy variados escritores. Esta escena en la que un escritor lee a un colega revela un modo singular de lectura, que puede volverse microscópica al reparar en la selección de palabras o a la construcción de una oración.

Precisamente en esa actitud se percibe el modo en que, ante una mirada atenta, la escritura puede volverse una fuente de enseñanza sobre su propia composición. Claro que, además de los textos de escritores consagrados, se lee y se comenta también lo escrito por los talleristas, lo cual da lugar a una interesante reflexión reivindicativa de la crítica como vía posible de superar una situación de “bodoque”, de la cual no es posible escapar si se vierte una mirada indulgente temerosa de herir susceptibilidades.

Una de las enseñanzas más significativas de estas clases se refiere al carácter artesanal de la escritura, lo que implica despojarla de cualquier aura mistificadora para poder entenderla como una tarea más entre tantas otras, de la cual también pueden surgir cosas impensadas durante su propio hacer. Tal perspectiva conlleva necesariamente la desacralización del escritor, cuya excesiva confianza en sí mismo (suerte de petulancia) atenta contra la labor literaria. Por eso Uhart sostiene: “No hay escritor, hay personas que escriben”. A partir de esa mirada que socava la idealización de quienes escriben y de la escritura, se despliega un repertorio de observaciones agudas en torno de distintos aspectos de la composición literaria. Entre ellos, al igual que tantos autores, se destacan las advertencias referidas al adjetivo, cuyo empleo descuidado produce un cierre del objeto descripto, a diferencia de la apertura generada por la metáfora. En el mismo sentido se pondera el trabajo con el pero, que permite el ingreso de contradicciones tan necesarias en la literatura.

En este libro, que es un poco de Uhart (no solo por haber proveído su sustancia, sino además porque el volumen incluye dos ensayos breves de su autoría), Villanueva parece cumplir con premisas centrales de su maestra. Se advierte en el armado de Las clases de Hebe Uhart el aspecto artesanal, cuya materia son esas escrituras fragmentarias afanosamente acumuladas a lo largo de los años durante las clases, sobre las cuales se emprende el trabajo de montaje de retazos para alcanzar sólida y clara unidad. Y, en efecto, esa claridad con la que se despliegan argumentos y explicaciones parece satisfacer la exigencia de comunicación que Uhart le reclamaba a la escritura: “La literatura es comunicar”.

El ordenamiento en capítulos, organizados en torno de distintas ideas, favorece la presentación de los temas con un desarrollo adecuado y escapa así a una amenaza propia de principiantes: “Un buen tema o una buena trama pueden arruinarse por precipitación, por apurar el final”. De todos modos, acaso la más evidente confirmación de que las enseñanzas de esas clases ha calado profundo en Villanueva reside en el hecho mismo de borrarse de su texto y ceder la voz, como estrategia infalible contra la tan temida vanidad del escritor. De modo que este libro aparecido en 2015 se erige, ahora que Heber Uhart ya no está, en un tributo a la labor como maestra de escritores, brindando un testimonio valioso para quienes ya no tendrán ocasión de oír su voz.

(*) Francisco Aiello es docente del Departamento de Letras, Universidad Nacional de Mar del Plata.

Comentarios

comentarios