Unos meses después de enterarme de la muerte del Profesor Martín Malharro, llego a la biblioteca buscando un libro en particular y encuentro este otro: Banco de niebla, con la foto de la vidriera del Bar Británico en la portada, el mismo que recuerdo de las anécdotas del profesor de Gráfica III. Lo que en épocas de universidad una llega a considerar “un groso”.

Ya lo había empezado a leer hacía varios años. Seguramente más de 5, porque lo tenía una amiga y compañera de la Facultad y lo hojeé en su casa alguna vez. Recordaba cosas concretas, demasiado claras como para ser parte de una lectura rápida de hace muchos años, y encontrarlo en el estante de la sala de novelas de la Biblioteca Marechal me dio una repentina nostalgia de los días (o, en realidad, las noches) de estudio.

Banco de niebla es un policial, todo lo policial argentino que se puede ser: No hay policías, a menos que sean los involucrados en la ilegalidad que ronda el hecho que se investiga; no hay rubias despampanantes que enamoren al protagonista; hay pocas armas y piñas que suenan a carne que choca contra carne –un estilo no hollywoodense-; las cometas se pagan en pesos pero se calculan en dólares; y los años negros de la dictadura se cuelan irremediablemente. Es decir, todo lo argentino y policial que se puede ser.

Leer esta novela es reconocer en cada giro, en cada recurso, en cada ejercicio de economía de palabras las clases, los conceptos y las opiniones de Malharro.

Cursábamos Gráfica III en un horario muy tarde. No recuerdo exactamente qué día de la semana, pero más que una clase era como una charla de café donde el tipo que más o menos maneja la cosa fuma y habla y pregunta y responde envuelto en ese mismo humo de pucho y misterio. Era un duro, Malharro, como profesor. Pero más que cualquier cosa era un gran lector. Y, antes de enseñarnos la técnica y la pasión por escribir, nos enseñó a leer de nuevo. Con curiosidad, con desparpajo, faltándole el respeto a los grandes sólo para volver a ponerlos en el pedestal literario que construimos quienes leemos. Esa pirámide que se derrumba y se vuelve a construir después de cada tapa que se cierra.

Y lo cierto es que cuando leo Banco de niebla lo busco, busco el recuerdo, pero todo está rodeado de la misma humareda gris. Ni siquiera puedo ponerles cara a los ayudantes alumnos que lo acompañaban y que eran absolutamente lapidarios al momento de corregir (algunos, incluso, más bravos que el propio profesor) o a más de dos o tres compañeros con los que sufríamos y amábamos la clase semanalmente.

Y en esta, su primera novela, reconozco los ejercicios esclarecedores con los que insistía y que, todavía hoy -más de 10 años después de esas clases- intento poner en práctica. Y está todo ahí. Está el proceso de escritura que hace un tipo que ensalzó y destruyó alternativamente a los Chandler, los Walsh, los Hammett, los Hemingway, los Quiroga y tantos, tantísimos otros que teníamos que devorar de una semana para la otra. Y que nos dejaba con la boca abierta cuando nos pedía un párrafo descriptivo sobre la vaca, de 8 líneas, pero sin usar ningún signo de puntuación, por ejemplo. Y sí. Está todo ahí. No sólo se podía hacer, sino que se podía hacer con maestría.  

Tal vez deba aclarar que no hay párrafos sobre la vaca en Banco de niebla. Y tampoco se dice nada sobre fenómenos meteorológicos. Pero hay mucha niebla.

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