Por Branco Troiano*

El desierto y su semilla fue la única novela que llegó a escribir Jorge Barón Biza antes de su suicidio. Se publicó en 1998 bajo el sello Simurg, en una edición pagada por el mismo autor. Años después, en 2013, Eterna Cadencia la reeditaría.

Barón Biza camina por el margen. El margen es un hilo ondulante y frívolo. Abajo espera la nada, hambrienta. La nada quiere carne. Y Barón Biza se la dará, pero en este momento sigue caminando sobre el hilo. No separa los brazos ni ensaya algún otro movimiento que le permita ganar equilibrio: no le interesa.

La novela emula su propia tragedia familiar desde el relato de la destrucción y reconstrucción de un rostro. En pleno tratamiento del divorcio, y después de veinte años de una relación calamitosa, el personaje de Arón Grageac, -inspirado fielmente en el padre del autor, el también escritor Raúl Barón Biza- le desconfigura el rostro a su esposa Eligia luego de arrojarle un ácido corrosivo.

A partir de ese momento, su hijo toma el rol de asistente diario de su madre, y en esos instantes próximos al ataque se ubica el comienzo la narración.

Se podría decir, en algún sentido, que El desierto y su semilla nació audaz. Es que el autor decidió por fin agarrar el trapo narrativo que fue enhebrando a lo largo de su lúgubre vida; lo agarró y lo escurrió con fuerza, derramando todo el líquido negro y espeso en un balde.

Pero no vació el balde. Lejos de eso: lo dejó bien cerca, pegadito a él. Lo necesitaba, que esté ahí, presente; fuera del texto, pero acompañando su gestación; que el vaho emerja y corrompa el aire de un ambiente ya viciado.

El motor del texto es ese: no hacer foco en la pirotecnia, en el melodrama, en el momento exacto en el que su padre desfigura la cara de su madre con un chorro de ácido. La clave fue, entonces, tomar la distancia correcta y dejarse guiar por la estela que dejó tan abominable hecho, haciendo mella en todo lo que vino luego.

“En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara, bastante suaves hasta ese día…” dicen las primeras líneas.

El relato se sostiene por una prosa que conjuga una cadencia bien trabajada y definida con pasajes sumamente vertiginosos. Por momentos nos recuerda a Juan José Saer, debido a que se puede identificar una cierta insistencia con la mención del tiempo y su tratamiento, y el reenvío una y otra vez de paisajes y situaciones que, a medida que la narración transcurre, van tomando nuevos significados.

Los puntos de mayor vuelo se hallan, sin lugar a dudas, cuando el autor se decide a jugar con la carne, a introducirse en la cara demacrada de la madre y hurguetear entre las cavidades, líneas y callosidades que ha moldeado el ácido.

Jorge Barón Biza – Foto: escritores.org

“Una rigidez general invadió la cara de Eligia; las protuberancias se estabilizaron en una superficie lunar inexpresiva. Pero con la rigidez, las cavernas y los vacíos tomar un nuevo sentido: la carne petrificada confirió a los rasgos una quietud que permitía que se dedujesen relaciones entre una forma y otra” (…) “Los socavones y hendiduras que aparecieron después exigían la mirada escrutadora y cercana, porque así era reclamado por la estructura asombrosa de lo que se mostraba, pero también porque lo que se percibía en esta etapa pétrea era mucho más abstracto que la fascinación de los frutos del período anterior”.

Igualmente, no todos fueron aciertos. Además de algunos párrafos puntuales en los que las descripciones no funcionan o son reiterativas, el texto tiene una falla muy evidente en una voz no menos importante: la del médico. Ni se le acercan a una posible verosimilitud los discursos que improvisa ante las miradas de Eligia y su hijo, que van y vienen entre el interés y el desinterés. Se trata, en muchas ocasiones, de interrupciones extensas y profundas que poco lugar tendrían en una situación así y que rápidamente rompen la armonía del relato.

“-Señora, cavaremos en busca del Creador, lo buscaremos en el fondo de las heridas de usted, señora. Lo vamos a buscar y cuando lo encontremos le pediremos que rehaga una nueva mujer. En modo que, a partir del odio que la ha herido, a partir de ese maldito ácido, de estas heridas, usted, señora, encontrará su gran verdad, sobre la que podrá edificar de nuevo, esta vez para siempre. ¿Sabe usted, señora, cuál es el símbolo de v.i.t.r.o.l.o en la alquimia? Se sorprenderá: ¡Cupido!, el amor ardiente que flecha y regenera…”. Así se explayó el profesor Calcaterra (médico) en una de sus primeras apariciones.

Trasfondo político

El desierto y su semilla fue la única novela escrita por Jorge Barón Biza, la cual ni siquiera llegó a ubicarse en la fila de los finalistas del premio Planeta, cuando fue presentada en 1995.

A pesar de que el texto tiene un gran anclaje autobiográfico, nunca se mete en el barro de lo confesional y de lo intimista.

Las sucesivas alusiones a la figura de Evita y demás actores políticos transcendentales de los 50´y 60´, dan la sensación de que el autor buscaba que su obra se pudiera entender en clave política.

La presencia latente de la carne como elemento ordenador pareciera intentar ser una alegoría de la actividad política de aquellos años: la cara destruida de Eligia como espejo de una Argentina dinamitada, corroída en sus límites; espejo, también, de una Argentina que debía no solo recomponerse, sino tomar un nuevo sentido.

El final

Nada de esto fue logrado. La crítica literaria, incluso haciendo mención al tema, lo dejó a un lado e hizo foco en la distancia que el autor debió tomar para que la novela y su carácter autobiográfico tuvieran efectividad.

Barón Biza y El desierto y su semilla, encarna varias pérdidas: su madre, su padre y él mismo: todas muertes por suicidio. El apremio que se impuso por conseguir la repercusión que esperaba lo terminó sepultando junto con su literatura.

Empecé a escribir muy tarde. Tal vez porque temía que me confundieran con mi padre, él mismo un escritor notable. Ahora tengo un cierto apuro. Tengo 57 años y no gozo de buena salud”, decía en 1999.

Dos años después, no soportaba sus propios fantasmas y se tiraba del piso doce de un edificio del barrio Nueva Córdoba.

 

*Branco Troiano es periodista (TEA). Se desempeñó como cronista y columnista en medios gráficos y radiales. Escribe para Revista Eco y Agencia Paco Urondo. Es jurado del concurso de cuentos organizado por Una Brecha y forma parte de la organización del Congreso Gombrowicz 2019 en CABA.

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