Tengo un método para evaluar mis lecturas: si el libro me “vuelve” después de un tiempo de haberlo leído, si lo cito cuando estoy hablando de otra cosa o si alguna persona me recuerda  a alguno de sus personajes, es que el libro fue bueno, más allá de que en su momento me haya gustado o no leerlo.

Cuando terminé Cámara Gesell, hace más de dos años, mi opinión fue rotunda: no me había gustado. Guillermo Saccomanno tenía una mirada demasiado negativa de la sociedad gesellina. Era excesivamente cruel en su pintura, como si se estuviera vengando de algo o cobrándole alguna secreta factura a la ciudad que lo había acogido hacía casi veinte años, cuando llegó “huyendo de sí mismo”. A tal punto sabía que estaba siendo excesivamente duro que nunca había llamado al pueblo por su nombre.

Yo reconocía, claro, que era un libro muy bien escrito y de alguna manera atrapante. La estructura de microrelatos facilitaba la lectura y permitía avanzar de una atrocidad a otra casi sin notarlo. Además, no cabía dudas de que el autor tenía una capacidad admirable para describir, narrar y transmitir sensaciones con una economía de palabras espartana.

Si aceptaba el desafío de leer su libro estaría durante varios días sumergida en un pequeño infierno

Pero insistía: no había disfrutado de leerlo. Por el contrario, lo había sufrido desde el primer párrafo, cuando Saccomanno, tras describirme como su “hipócrita lector” (o lectora), me había advertido que en el mismo momento en que yo empezaba a leer su libro alguien se estaba “garchando su nene”, estaba “fajando a su mina”, “enterrando el cadáver de su novia en una obra” o “descargando un hachazo en la cabeza de su prometida pecadora”.

No podía decir que no me habían advertido. Saccomanno me había avisado que si aceptaba el desafío de leer su libro estaría durante varios días sumergida en un pequeño infierno, en el que ningún personaje es querible. Por el contrario, en Cámara Gesell todos mienten, roban, asesinan, corrompen o son corrompidos. Y quienes no incurren en alguno de estos pecados es porque directamente están locos.

Es decir que yo sabía que lo que iba a leer no me iba a gustar. Y sin embargo lo leí. Y no solo eso: desde entonces, hasta la fecha, Cámara Gesell no solo me volvió a la cabeza una vez sino infinidad de veces.

Cámara Gesell es un libro duro, desagradable, hasta repulsivo, pero al mismo tiempo excelente

Imposible olvidarlo. Porque Saccomanno no hizo otra cosa que describir una sociedad que no es la gesellina sino cualquier sociedad moderna. Un mundo en el que los abusadores, los xenófobos, los corruptos y los violadores se mueven con total naturalidad ante la mirada ciega de miles de personas que necesitan una Cámara Gesell para convencerse de que su amigo, su vecino, su pariente o ese político tan encantador fue capaz de hacer eso que dicen que hizo. Y a veces ni siquiera entonces se convencen.

Por eso Cámara Gesell es un libro duro, desagradable, hasta repulsivo, pero al mismo tiempo excelente. Porque, nos guste o no, todos somos responsables de este mundo que, como dice Saccomanno, se parece tanto al infierno. Incluso yo, su hipócrita lectora.

 

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