Cuando el Flaneur se detiene


Hace unos días abrió en Buenos Aires un café muy singular. Lo visité por invitación de su mentor, mi amigo Alejandro Stilman. Novelista, cuentista y dramaturgo, Stilman bautizó el singular bar, Flaneur. Podría estar en la calle Corrientes, hoy maltratada por obras de repavimentación, pero no, está en Avenida de Mayo (otra vía para el flânerie) esquina Santiago del Estero, a pocas cuadras del Congreso.

Si bien la caracterización puede soñar fuera del tiempo –el término ya no se escucha-, cualquiera que haya recorrido la obra de Chales Baudelaire, o de los surrealistas, sin dejar a fuera a Walter Benjamin, sabe que la “actitud flaneur” ha sido una constante en los últimos dos siglos: una forma de ver la vida, de caminar la ciudad.

Si bien se la describe como una actitud muy europea, nuestro gran Julio Cortázar se apropia del gesto: “En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre” (“El otro cielo”). Este fragmento define la actitud flaneur.

Se asocia el término con el acto concreto de pasear por una ciudad, pero con un andar errático y liviano, sin objetivo. Esta actitud quedó graficada en dos textos célebres, Paseos por Berlín (1929), de Franz Hessel, y El peatón de París (1932), del francés Leon Paul Fargue.

Es evidente que el uso del término lo impusieron los franceses: flâneur significa, literalmente, paseante, callejero. Y la palabra flânerie describe la acción: callejeo, vagabundeo. En su origen, señala una forma diferente de vivir, sobre todo, en la gran ciudad. El flaneur desanda calles desconocidas con la atención despierta para absorber los detalles y los matices; se trata de un caminante ocioso, sin prisa, sin destino fijo, sin tiempo. Uno de los grandes flaneurs, el poeta Baudelaire, quizás su primer teórico y practicante, asociaba esa actitud “más que con la ligereza, a la disponibilidad de la atención”.

Ya en siglo siguiente, el surrealista André Bretón relata en una novela muy incómoda, Nadja (1928 y revisada en 1962), el encuentro inesperado, en la calle, entre el autor y una joven: “No sé por qué mis pasos me han conducido hasta aquí, donde he llegado sin un motivo específico, sin nada que me haya motivado excepto por esta única pista oscura… No veo, mientras camino, qué es lo que me empuja como un imán en el espacio y el tiempo”. Típica actitud flaneur.

A partir de la poesía de Baudelaire, quien habla del “dandismo perplejo” del flaneur, Walter Benjamin teorizó sobre la palabra y bregaba por una manera contemplativa pues la época exigía más paciencia de la que se tenía. Gracias a él, el flâneur pasó a ser material de estudios académicos. Y también gracias a él, hay un Flaneur porteño en el barrio de Monserrat, que se empecina en detener los pasos de los caminantes con pinturas, libros, café y mate con pasta frola.

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