Laurent Binet me había conmovido con HHhH, una novela de 2009 que tenía como eje el atentado contra Reinhardt Heyndrich, el carnicero de Praga, la bestia rubia del nazismo, organizador de la llamada “solución final”. Una historia contada en el siglo XXI y desde el siglo XXI, con un movimiento de ida y repliegue, hacia y desde 1943. Una historia que incluía la historia de amor entre un francés y la ciudad de Praga en la que no faltaban buenos fragmentos de crítica literaria y de cine.

La séptima función del lenguaje, también editada por Seix Barral, es la segunda novela de Binet publicada en español con un cambio total de temática pero básicamente de tono: la muerte del semiólogo Roland Barthes deriva en una investigación policial delirante en la que se ve involucrada toda la intelectualidad del momento, un panteón que incluye a Foucault, Derrida, Kristeva, Sollers, Eco, Chomsky o Searle. Más la política francesa en el momento de derrota de Giscard y ascenso de Miterrand, más el tenis de Connors, Borg, McEnroe, Vilas y Clerc. Más la música, el cine y la literatura de los 80.

Una pareja a lo Sherlock-Watson (los roles ligeramente invertidos) sale a averiguar si la muerte de Barthes fue un accidente o tuvo que ver con el hecho de que sucediera cuando acababa de cenar con el entonces candidato a presidente François Miterrand y con el robo de un documento secreto en el que el lingüista Roman Jakobson desarrollaba una supuesta séptima función del lenguaje, que habilitaría a su poseedor a dominar el mundo.

Bayard, un policía prototípico, contrata a Simon Herzog, un profesor de semiología, para que le sirva de traductor: algo así va a necesitar el lector porque buena parte de la narración está compuesta de citas, alusiones, referencias a las teorías de los autores que son a su vez personajes de la novela. Y si bien uno puede desconocer las sutilezas del tenis y seguir adelante en la lectura, es difícil saber si un lego o alguien escasamente interesado en los vericuetos de la retórica o la filosofía del lenguaje avanzará en la lectura de lo que aparece con una historia muy divertida para quienes “estén en la cosa”.

Un amigo escritor sostiene que los libros terminarán siendo lecturas de escritores: en eso pienso mientras sigo leyendo.

Binet es un excelente narrador y la estructura de La séptima función del lenguaje está engarzada con maestría. Construye su historia sobre el género policial y también sobre el género académico: el cruce entre ambos da una novela delirante que pivotea sobre la fuerza y el poder del lenguaje, tal como ha señalado Binet en una entrevista publicada en El País: “El libro parte de esta idea: quien controla el lenguaje, tiene el poder. Y el del lenguaje es un poder absoluto, superior al de quien maneja un tanque o un bombardero. En el fondo, quien posee la autoridad es quien da la orden de lanzar la bomba”.

Sin embargo, esa fuerza y ese poder, a la vez que exaltados por personajes que están dispuestos a perder una parte de su cuerpo –literalmente- por él, son puestos en entredicho por la novela. Existe una confabulación general por hacerse de un texto X y los personajes luchan por él como si se tratara del Santo Grial o, por mejor decir, como si se tratara de una película de James Bond o una novela de un Sherlock Holmes inverosímil pero no por eso menos brillante, que puede deducir a partir de un traje mal planchado que un personaje “ha hecho la guerra de Argelia, ha estado casado dos veces, se ha separado de su segunda mujer, tiene una hija de menos de 20 años con la que las relaciones son difíciles, ha votado a Giscard”.

Todo está a la vista: la trama, los trucos, los atajos, las concesiones al género. Todo se ve, todo se destaca, todo realza.

Sin embargo, el “como si se tratara de” y la espectacularidad del arte semiológico (literario) así representado precisamente ponen en duda, sin desestimarlo, ese poder. Tal como el público de una película en la que al héroe todo le sale bien se marcha feliz del cine, aunque sepa que los buenos triunfan antes de la palabra “FIN” pero rara vez en el mundo del otro lado de la pantalla.

La espectacularidad, entendida como mostración, es una característica del mundo narrado por Binet: todo se ve, todo se exhibe bajo las luces del escenario, tal como el de la escena de la última lucha entre miembros del Logos Club, una logia secreta parecida a las de las novelas de Dan Brown, sólo que conformada por importantes filósofos y lingüistas reales, tipos de los que se citan largos pasajes aún en medio de situaciones inverosímiles como la visita a un sauna de homosexuales o la explosión de la estación de trenes de Bolonia. Esa escena, central en la trama, transcurre obviamente en un teatro. Un teatro que está en Venecia, en plena época de carnaval. Máscaras, ocultamientos, signos, interpretaciones elevadas a la enésima potencia, tal vez para decir que –parafraseando a Calvino- cómo es la realidad tras esa espesa envoltura de signos, nadie puede saberlo ni interesa. Porque lo que vale es precisamente el intercambio intenso de palabras, gestos y símbolos: el loco frenesí de la significación desatada.

Una puesta en abismo de lenguaje que remite a lenguaje, una mascarada que no deja de exponerse como tal, papel pintado que no se pretende otra cosa que su propia falsedad, antifaces que no esconden el vacío, ficción que se ficcionaliza en espejo. En definitiva, un mundo al que sólo la risa parece darle sentido. Un sentido que se escapa aunque. Aun así, el lenguaje permanezca.

*Gabriela Urrutibehety es escritora, periodista y profesora. Autora de Con la muerte a cuestasLa banda de los seguros: discreta geografía criminal y Tres tipos ¿difíciles? Sigue el blog Diario de lector.

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