Samantha Schweblin es la creadora de uno de los mundos narrativos más atractivos de la literatura argentina de los últimos tiempos. Sin dudas.

Un mundo narrativo construido en base a una prosa escrita con un bisturí, por un lado, y una mirada hacia lo cotidiano que desarma las certezas e instala la lógica de una racionalidad ominosa.

En Kentukis, su última novela –primera, si se considera Distancia de rescate  como una nouvelle- Schweblin reafirma este universo de seres solos, aislados, enfrentados a un exterior que termina ahogándolos y reforzando esa soledad.

Los kentukis a los que alude el título son peluches inteligentes que la gente compra como mascotas. Detrás de los peluches hay una persona que se conecta a él para vivir un reality show personal. No es un planteo postapocalíptico, sino apenas una línea de desarrollo de lo que la tecnología de la conexión permanente ha estado haciendo con las personas y lo que las personas están haciendo con sus teléfonos, computadoras y redes sociales. Es, entonces, un realismo que asusta más que un género de anticipación, conflicto que está planteado desde el mismo comienzo, en la página de los epígrafes. Un párrafo del manual de seguridad de una retroexcavadora pide que “antes de encender el dispositivo, verifique que todos los hombres estén resguardados de su partes peligrosas”, lo que toma dimensión de horror en su redacción ambigua. Pero, además, está Úrsula LeGuin para pedir “¿Nos contará usted de los otros mundos allá entre las estrellas, de los otros hombres, de las otras vidas”. Aunque en los primeros párrafos ya se sepa que no hay otras estrellas pero sì otros hombres y otras vidas.

Kentukis es la novela de una cuentista. Narra la experiencia con los peluches de varias personas ubicadas en lugares tan distantes como Zagreb, Perú o Vista Hermosa. Cada capítulo está armado con esa precisión que caracteriza la escritura de Schweblin, una prosa que hace de la claridad virtud y de la economía su mejor recurso. Cada capítulo, además, tiene una estructura que concuerda con la idea de aislamiento que es la que se traslada a través de todo el relato. Cada capítulo, sin nombre ni número, remite a un universo en el que se cuenta una historia, una historia que se interrumpe porque la mirada se posa en otro personaje-isla: los hilos se alargan, se estiran sin confundirse y la acumulación de casos actúa como eje de una tensión que tiene en la relación de estos solos y solas con sus adorables peluches. Tiernos conejitos, dragones, pandas conectables que dan ganas de acariciar.

Pero ya sabemos todos el papel que los seres adorables terminan teniendo en los relatos de terror.

@gabyurruti

*Gabriela Urrutibehety es escritora, periodista y profesora. Autora de Con la muerte a cuestasLa banda de los seguros: discreta geografía criminal y Tres tipos ¿difíciles? Sigue el blog Diario de lector.

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