“En breve me dedicaré a la política. La clave es construir hospitales y escuelas. Pagar buenos sueldos a los maestros y a los médicos. La compra de los ferrocarriles en este país fue fundamental. No los compraron porque se les cantó las pelotas. El plan Quinquenal de Perón fue la gloria misma. Digo esto y me emociono. (…) Soy peronista de pura cepa. Felipe Pigna me metió en un libro de historia, pero no pone la verdad, la concha de su puta madre. Entonces viejo, es para matarlos a estos tipos. Soy peronista. Y nada más”. Abro aleatoriamente el libro y mis ojos se dirigen instantáneamente a esa frase. Si, era el mismísimo Arquímedes Puccio contando sus aspiraciones y sus recuerdos políticos. Al principio sonaba lógico, hospitales, escuelas, ¿Quién no opina igual? Pero luego, todo se distorsionaba. Y aparecía el verdadero Puccio: justiciero y hasta dulce con el entorno, pero una fiera salvaje por dentro, y por fuera.

 

Compré “El clan Puccio, la historia definitiva” de Rodolfo Palacios, porque a pesar de mis jóvenes años, siempre sentí un atractivo especial por esta historia. Había leído otros escritos sobre el tema, pero me quedaba con la sensación de que me faltaba algo más. Algo más real. Más humano. Y eso encontré.

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La famiglia è tutto

El clan Puccio cuenta la historia de la familia que vivía en San Isidro, y que en los 80, avalada por el contexto sociopolítico que se encontraba el país, comenzó a secuestrar a personas con un perfil en particular: clase alta, poder adquisitivo, para asegurarse de que el rescate que la familia de las victimas pague una buena cifra.

Dije familia. Sí, la familia Puccio o “el clan”, como lo llamó la prensa, secuestraba y alojaba a las víctimas en su casa, cobraba el rescate y plantaba la falsa ilusión de que las familias y los secuestrados puedan reencontrase, porque claro, eso nunca pasaba: los mataban.

Este famoso clan estaba liderado por Arquímedes, junto a viejos conocidos y sus dos hijos: Alejandro, jugador de rugby en el CASI y en Los Pumas, y Daniel “Maguila”. Todos ellos, encontrados culpables. Además de los hombres, también estaban las mujeres Puccio: Epifanía, la esposa de Arquímedes y sus dos hijas, Adrianita y Silvia. También había un tercer hijo, Guillermo pero es del que menos cosas de conocen. Ninguna de las mujeres logró ser encontrada culpable por encubrimiento aunque suene ilógico, ya que todo ocurría en esa casa de San Isidro en donde dicen que las paredes hablaban. En fin, eso determinaron los jueces que las encontraron inocentes, a excepción de Adrianita que para ese momento era una apenas una niña.

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¿Las víctimas?

Ricardo Manoukian de 23 años, un conocido de Alejandro que fue asesinado luego que su familia pagara 500.000 dólares y una falsa ilusión de reencontrarse con su hijo.

Eduardo Aulet, ingeniero y jugador de Rugby, quién fue increpado cuando se dirigía a su trabajo por El Clan. Su familia pagó 150.000 dólares de rescate, pero nuevamente el putrefacto Clan se manchaba las manos de sangre.

Emilio Naum de 38 años, quién se resistió a su secuestro y fue ejecutado en el momento. No hubo recompensa porque nada había salido como El Clan lo esperaba. Aquí comienzan las debilidades y desencuentros con los integrantes que los llevarían al último secuestro.

Nélida Bollini de Prado de 58 fue la última secuestrada y la que le puso fin al Clan. Pasado varias semanas de secuestro, la policía tenía pistas de los secuestradores pero no se imaginaba que eran los mismos que habían terminado con la vida de otros tres más en el pasado. La policía llegó a la casa de los Puccio y encontró en el sótano a Bollini de Prado en estado lamentable. En la casa se encontraba Alejandro junto a su novia quien fue detenido, mientras que Arquímedes junto al resto del clan fue detenido justo antes de cobrar el rescate por la secuestrada.

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Volviendo a lo escrito por Palacios, que además de contarnos la historia que resumí anteriormente, es periodista nacido por cierto en Mar del Plata, va entrelazando la historia con sus encuentros reales, en persona y a través de cartas con el asesino: Arquímedes Puccio. Palacios lo visitó en su “exilio” en General Pico y conoció su lado humano, si así podemos decirle. Y sí, el viejo era odiado en todos lados, ni siquiera en ese lugar que él ahora llamaba hogar lograba ser querido. En La Pampa era pobre, y tal como relata Palacios hablaba mucho de su pasado glorioso: gustos, viajes, comidas elegantes. Pero nunca habló de lo que había hecho. De lo que había perpetuado. De las vidas que había quitado. Nunca lo reconoció en vida. Y así murió, solo sin nadie que reclame su cuerpo.

Disfruté la lectura del libro. Me enganchó de principio a fin, y me daba escalofríos pensar en los encuentros reales que Palacios mantuvo con este ser despreciable. Fue lo primero que leí de él y me dejó tan buena impresión que ya estoy terminando de leer Conchita, la biografía no autorizada de Barreda con quién también se dio el ¿lujo?, de conocerlo y charlar.

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