Pablo Bernasconi escribe y dibuja un ensayo sobre El infinito, editado por Sudamericana, en donde propone pequeños textos que buscan definir ese concepto, acuciado por tantas posibles explicaciones que intentar una definición parece hasta ridícula. Y el autor así lo entiende a lo largo de los colores, las palabras y los números en las páginas, que parecen confundidos porque, claramente, no son suficientes.

Ofrece algunas ideas que tienen que ver con, por ejemplo, la inagotable capacidad de la imaginación, la cuestión de la perspectiva, la mirada, la dicotomía y la fe en uno o una misma. Y hasta con las opciones, el arte, las dudas y todo lo que no dice.

Son ideas paradójicas, y allí el autor -que este año fue finalista del premio Hans Christian Andersen- completa y complementa ilustraciones y sustantivos, blancos y puntos y aparte, libros, oscuridad, equilibristas, ovejas y bomberos, entre otros.

El infinito está catalogado como literatura infantil y, si bien es cierto que se mantiene suspendido entre la frescura de la inocencia y la perplejidad propia de la infancia ante un concepto que se nos escapa, sin dudas es un libro para toda edad: es una poesía apasionada de juventud, una reflexión de la madurez y una mirada contemplativa del tiempo acumulado, ese que sí se va terminando.

Pero esta es sólo una forma de describir una obra que comienza en la tapa negra, con una vía láctea de salpicaduras, donde una puerta se abre y deja ver al supremo gobernante de un reino enorme como una cáscara de nuez. Así empieza todo. Pero no se puede saber nunca dónde termina… dependerá de quien lea.

Conclusión: Imperdible y altamente regalable.

@trianakossmann

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