Llega a mis manos este libro, prestado. Y llega tarde, porque viene con la noticia de que su autora, Paola Kaufmann, murió hace algunos años habiendo escrito solamente un puñado de novelas y cuentos. Aunque, de hecho, no es exactamente una noticia (pasaron más de 8 años de su muerte), si es un dato que infiere, necesariamente, en mi lectura. Porque cuando termino de leerlo empiezo a lamentar que no vaya a haber más.

Uno de los temas que se abordan es la dictadura como un gran monstruo. Pero no la nombra. Nunca.

El Lago habla de identidad, o por lo menos eso es lo que promete esencialmente la contratapa y lo que quiso explicar su autora en las contadas entrevistas que siguen colgadas en internet. Pero, en esta lectura personal, encuentro que El lago habla, muy especialmente, de memoria, de los atravesamientos de la historia en los cuerpos y las vidas de las personas. Ella publica 30 años después una novela en la que uno de los temas que se abordan es la dictadura como un gran monstruo. Pero no la nombra. Nunca. Ni una sola vez en las más de 300 páginas que debe tener el libro (escribo esto cuando ya lo devolví y no puedo ni me interesa, a estas alturas, corroborar cuántas eran).

En cambio, habla de la idea de monstruo presente en el imaginario de muchos, una extraña y huidiza criatura que habita en algún lago perdido de la Patagonia, que obsesiona a algunos y parece ser absolutamente indiferente para otros. Y a la vez habla de la Segunda Guerra Mundial, en la propia memoria de algunos personajes, los efectos que su recuerdo produce y la relación intrínseca entre los terrores viejos y los nuevos.

El monstruo -que es monstruo porque no se deja definir- está en todos lados: en el lago, en los recuerdos de la guerra, en las preguntas sin respuesta

La memoria del terror. Pero, de acuerdo al planteo general de esta novela, lo que más aterroriza y, a la vez, fascina es, justamente, lo que resulta innombrable, inclasificable, es decir, aquello cuya identidad desconocemos y nos corresponde construir basados en información negada. Y el monstruo -que es monstruo porque no se deja definir- está en todos lados: en el lago, en los recuerdos de la guerra, en las preguntas sin respuesta, en la imposibilidad de reconstruir una historia truncada a la vista de todos.

Con una trama despareja pero con gran lucidez descriptiva, El Lago parece ser un buen sitio al cual acercarse aún varios años después, cuando podemos contar con datos ciertos para identificar a algunos antiguos monstruos.

En un párrafo:

“Las lengas alrededor del lago proyectaban una sombra grumosa y pesada sobre todo el Brazo de la Melancolía: con su orientación, el sol ni siquiera había tocado las orillas, y la luz tenía todavía esa cualidad lunar, más polarizada incluso por el vapor rancio que amortajaba el lago. Pero lo aberrante del lago y de la luz, de la ausencia de brisa, del silencio, no podía compararse con el fantasmagórico panorama del lago mismo: ahí, frente a mis ojos, dispersas sobre la superficie formando una filigrana compuesta por millones de hilachas de color rojo parduzco que apenas podía distinguirse del ópalo del agua en aquella sombra descomunal, estaban las algas”.

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