Por Cecilia Romana*

La poeta marplatense Agustina Catalano publicó recientemente El tamaño de mis miedos con la Editorial Concreto.

Es un libro que tiene cuatro partes y sesenta y cinco páginas. Para ser equilibrado, más o menos, hubieran bastado dieciséis carillas por parte así no sobraba ni faltaba nada, pero El tamaño de mis miedos no es un libro equilibrado, es más bien un libro de búsqueda, de expectación por la madurez.

                      dijeron que este va a ser el invierno más frío de los

                                                                             [últimos quince años

                       agradezco estar lejos del lugar más frío del mundo

                      excepto porque ahí vimos nevar, una noche

                      íbamos en un taxi

                      a la fiesta de cumpleaños de alguien

                      éramos dos cebollas, con capas

                      y capas de ropa

                     que pensábamos sacarnos después

                       para arrinconarnos contra el calefactor…

(“el invierno más frío de los últimos quince años”, p. 50)

Dos cebollas, escribe la poeta, porque la ropa que nos ponemos para combatir el frío hace capas sobre nuestros cuerpos, capas que después van a quitarse, como se quitan las capas de la cebolla antes de cocinarla. Sin querer, o quizás queriendo, quién sabe, Catalano nombra en una líneas la metáfora de lo que ocurre en su libro entero, porque de las cuatro partes de El tamaño de mis miedos, la segunda, la del medio, es la que tiene el corazón y sostiene, de alguna manera, al resto. 

Breve ‒son solo trece poemas de pocos versos‒, esta segunda sección parece describir el sentimiento y las perplejidades de alguien que ha viajado para estudiar a un sitio que le resulta totalmente ajeno, una ciudad donde no se puede hacer pie por ninguna parte.

La poeta escribe: “lo primero que me dijo fue / nunca agarres las diagonales porque podés perderte” (“3”, p. 27), recordando un aviso de alguien que sí conoce esa ciudad que para la autora es misteriosa y hasta hostil. Catalano en dos versos logra transmitir el desconcierto ante una posibilidad que se muestra como amenaza: perderse.

                           ir caminando por una ciudad

                          que no desemboca en ningún momento

                          al mar

                          y te recuerda, como si fuera una sentencia

                          estás lejos

                          estás lejos

                                                                              (“4”, p. 28)

Estar lejos, lejos y sin seguridades, sin un marco natural conocido. Como los ríos que desembocan en el mar, la autora añora que las calles hagan lo mismo, tal vez con la esperanza de recobrar la tierra vivida, el país de la infancia. Pero eso no ocurre. En contraste, la ciudad le muestra la ausencia de lo acuoso para recordarle que no hay cercanía posible con el pasado.

Hay referencias a La Plata ‒ciudad de las diagonales‒: “reemplazar el mar / por un montón de instituciones / bautizadas con el nombre de Dardo Rocha / ¿para qué?” (“8”, p. 32). También a una vida de joven estudiante que camina y busca lo que le falta.

Agustina Catalano, marplatense nacida en 1990, es profesora en Letras. Su libro marca, desde una estética despojada y sin pretensiones, las líneas de una poética de la verdad vivida, de la cotidianidad donde se pueden hallar pequeños tesoros como son quizás algunos de los poemas de El tamaño de mis miedos.

Para cerrar con sus propias palabras:

                                me voy a quedar

                                como el museo del bosque que está ahí hace         

                                                                          [doscientos años

                               lleno de fantasmas

                               y de momias

 

                              me voy a quedar

                             porque no sabría cómo volver

 

                             ese

                            es mi lugar en el mundo:

                            una falta

(“13”, p. 37)

Todos los miedos se traducen en uno solo: crecer con la amenaza de perder lo que se tuvo. En un camino lleno de perplejidades, la poeta por momentos cae en el reconocimiento de su dolor como falta, pero en ciertos textos se distrae en recorridos urbanos, en quehaceres domésticos o admiraciones climáticas que, como el mismísimo estado del crecimiento, ponen foco en varios puntos evitando así la tristeza extrema, el temor profundo, cualquier pasión demasiado fuerte.

*Cecilia Romana es escritora y licenciada en Artes y Ciencias del Teatro. Lleva publicados siete libros de poesía, cuatro de relatos infanto-juveniles y varios volúmenes escolares para nivel inicial, primario y secundario en Kapeluz y Santillana.

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