Pienso que hay cosas que un autor no puede hacerle a su lectora.

La decepción no es un problema. Hay muchos libros que no son complacientes y no por eso una como lectora termina enojada con el autor. Pero cuando la trama argumental se fuerza para verse “cinematográfica”, eso es algo que un autor “no puede” hacerle a su lectora. Que, en este caso, soy yo.

La cosa viene más o menos así: Hay un policía noruego que viaja a Australia para colaborar en la investigación por el asesinato de una joven compatriota suya. En este marco, debe relacionarse con la policía local y se aproxima a las diferentes idiosincrasias que coexisten en “el país con suerte”, donde todos parecen venir de otros lugares, pero en el cual resaltan constantemente los descendientes de aborígenes que, como históricamente debe pasarle a todo pueblo originario, tienen una compleja relación con el “hombre blanco”.

Harry Hole -tal el nombre del detective que será hilo conductor de una saga que integra algunos top ten prestigiosos sobre literatura negra- esconde un pasado que parece atormentarlo, pero no lo suficiente como para sentir que no merece la pena continuar. Y, a medida que vamos conociendo su historia, también la conoce Brigitta, la chica cuya cabellera se describe como la medusa melena de león y que con las primeras miradas conquista al protagonista.

Hasta ahí, un pequeño resumen del planteo de esta novela, la primera de la serie.

Soy el lector y, por eso, tengo razón, escuché decir una vez en una charla de Juan Sasturain

En general, comparto esas teorías que afirman que la lectura que cada uno hace de un texto es “verdadera” (soy el lector y, por eso, tengo razón, escuché decir una vez en una charla de Juan Sasturain). Implica que la experiencia lectora es única para cada persona, aun estando sujeta a una puesta en común, a una convención, códigos, estructuras, etc.

Entonces, la cuestión no es lo que el autor quiso decir sino qué fue lo que interpretó el lector. Por consiguiente, tengo razón cuando digo que Jo Nesbo no tiene derecho a mantenerme en vilo durante 370 páginas para exigirle tanto a su propia trama que deba finalizar en un ámbito antinatural, en un escenario demasiado hollywoodense para ser el final de novela de un noruego. No hay derecho.

Porque cuando una se planta ante un novelista nórdico, tan lejano a nuestra cotidianidad, por lo menos imagina que no va a lograr retener los nombres de muchos personajes. Es casi obvio: no tenemos ningún ancla cultural cercano al cual asociar esos caracteres extraños, o cómo suenan, ¡o si son nombres de varón o de mujer, siquiera!

Una puede imaginarse que va a encontrar datos incontrastables y llamativos cuando lee una novela escrita por un noruego que se sucede en Australia. Lo sabe y lo acepta. Pero de conocer cientos de leyendas o sospechar de todos y cada uno de los personajes a terminar con un tarro de pochoclos en una mano y un puñado de consternaciones en la otra, hay un gran trecho.

Nesbo, no te perdono. Y mientras sigo pensando argumentos en tu contra, dejo de escribir porque es mi turno en la fila de la caja de la librería para comprar La Cucaracha, la segunda entrega de la serie de Harry Hole.

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