Quizás el mejor consejo que recibí en mi vida fue el referido al “reposo” del texto. En mi juventud, arrebatado por la pasión, me largaba a escribir y al terminar, extenuado, observaba mi “creación” con la seguridad de haberme convertido en Hemingway o Dostoievski.

Hace unos años, un escritor en ciernes me dio un cuento para leer. Por supuesto, quería mi opinión. Le dije que al cuento le faltaba maduración (alguno diría “edición”) que tenía tramos de mucha distancia con el lector, carecía de emoción, aunque la historia era muy rescatable. Siempre esta frase es fundamental para no minar el ánimo del escriba. El joven escritor me respondió que no estaba de acuerdo porque lo había escrito en una sola noche y al terminar, lloró arrobado por el texto de marras. Me quedé sin respuestas: era un texto sin reposo, y él no pretendía una devolución sino que le dijera simplemente que era un genio. Así no funciona la literatura. Llorar tampoco es una prueba.

Me vino a la cabeza una frase de Stephen King (1947): “Escribe un borrador, luego déjalo reposar”. Esto tan simple me recordó aquel viejo consejo que alguien, alguna vez, en algún lugar, me había dado. Esto quiere decir que al terminar el borrador (¿qué es un primer texto sino un borrador?) uno no puede ser objetivo. Por lo tanto, hay que dejar que repose, que baje la borra (esto lo digo yo) y después de un tiempo, uno vuelve al texto como si no fuera propio. Porque se olvidó en gran parte de lo que quería decir en ese momento. Y ahora se lo pregunta él mismo al texto.

Hace unos pocos días un alumno en un grupo literario leyó algo parecido a un cuento. Es una persona de más de 60 años, y evidentemente, muy lectora. Da la sensación de que conoce todos los clásicos y algo de la nueva literatura. Podríamos decir que tiene las competencias necesarias. Escribe desde hace décadas y hasta tiene alguna novela rechazada por algún editor, lo que ya implica un triunfo en este mundo.

Se justificó: “Lo terminé de escribir anoche, puede ser que tenga algún error de tipeo o concordancia”. El problema era que la falta de reposo no le permitió darse cuenta que el texto de cuatro páginas bien podría quedar resumido a dos. El reposo le hubiera permitido, quizás, darse cuenta de que la mitad de texto era algo que él se contaba a sí mismo intentando “sacar” la historia de adentro. Y la historia salió, pero mediada por un sinnúmero de “accidentes” que no hacían al núcleo.

Lo más serio, sin embargo, era comprobar que siendo gran lector desconocía el código de la escritura literaria.

El autor de El cementerio de los animales, entre decenas de títulos, dice algo así como que la escritura se concreta en la intimidad, guiado por el corazón. Y luego del reposo, la edición se hace en público, guiado por la cabeza. “La lectura de tu obra debe ser una experiencia tan estimulante como extraña. Tómate un descanso y vuelve a leer tus líneas después de seis semanas”. (Mientras escribo, S. King) Un consejo, por cierto, razonable.

*Nerio Tello  es periodista, escritor, editor y docente universitario. Autor del blog Letra Creativa.

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