El escritor austriaco que se suicidó en 1942, temiendo que Hitler ganara la Segunda Guerra Mundial e impusiera el nazismo en el mundo, fue uno de los novelistas más prestigiosos de la primera mitad del Siglo XX.

Por Martín Kobse*

En esta novela, publicada póstumamente en 1944, Zweig relata un viaje en barco de Nueva York a Buenos Aires. En el barco viaja el campeón del mundo de ajedrez, el yugoslavo Mirko Czentovic. Con este personaje (si bien en la novela se mencionan a varios ex campeones, el protagonista de la historia es totalmente ficticio), el autor aborda uno de los debates más extendidos acerca de los ajedrecistas: ¿Los expertos en la combinación de piezas sobre el tablero, hábiles estrategas e infalibles en el cálculo, son personas que en la vida en general se destacan por virtuosos? Como el campeón en la Novela de ajedrez, un campesino que apenas sabe leer y evita hablar para que no quede en evidencia su ignorancia, hay muchos buenos ajedrecistas que solo se destacan moviendo los trebejos de casilla en casilla. Claro que también hay jugadores de todos los niveles que, además de saber muy bien qué hacer con los alfiles y los caballos, son notables profesionales. En síntesis, jugar bien al ajedrez no es garantía de capacidad intelectual o de destreza para manejarse en la vida.

En el descripto viaje en barco entre Nueva York y Buenos Aires, el campeón enfrenta a un muy buen jugador que, sin embargo, solo conoce los entresijos del ajedrez por haber reconstruido cientos de partidas de grandes maestros. Y por haber jugado –mientras permanecía cautivo de los nazis- contra sí mismo. Esta circunstancia, que este jugador pudiera derrotar al campeón, o inclusive mantener cierta paridad, es totalmente imposible. Solamente se puede progresar en este juego practicando; es decir, jugando partidas frente a otros contrincantes.

Zweig describe con exactitud varias de las situaciones que se producen en torno a este juego, en especial las consecuencias emocionales que puede producir. El primer desafiante del campeón en ese barco es un millonario irlandés, aficionado al juego, que aunque es consciente de que enfrenta al mejor ajedrecista del mundo, no soporta perder y afronta una revancha tras otra, sin importarle en absoluto el perjuicio que sufre al estar jugando por dinero. También pide revancha el campeón tras su primera derrota a bordo; y el misterioso pasajero que fundamenta su destreza en la lectura de un libro con célebres partidas. Esa circunstancia, la de no asimilar la derrota, es una de las más difíciles de afrontar para los ajedrecistas.

En una nota que publicara en el diario La Nación, el ex campeón argentino Pablo Ricardi citó una frase del gran maestro británico Nigel Short: “Perder una partida de ajedrez no es la muerte; es mucho peor”. En ese artículo, Ricardi se refirió a lo que implica una derrota para un ajedrecista, algo muy difícil de entender si no se lo experimenta. Porque a nadie, sin duda, le gusta perder. Y a todos debe afectarlos, en mayor o menor medida, una derrota.

Sin embargo, en la historia del ajedrez hay anécdotas realmente sorprendentes sobre los efectos de los traspiés en el tablero. El letón Alexéi Shírov, también gran maestro, me dijo hace poco en una entrevista radial que su postura a favor de enseñarles ajedrez a los niños en las escuelas se fundamenta principalmente en el anhelo de que comprendan que ellos y solamente ellos, son responsables de sus errores. “Un ajedrecista no puede culpar a otro, no puede responsabilizar a nadie de sus derrotas o equívocos. Y aprende a hacerse responsable de sus actos”, agregó el ex top ten durante los ´90.

El 2020, además de asociarse a la pandemia, será recordado como el año en el que el ajedrez tomó un impulso sin precedentes. La posibilidad de jugarlo de manera virtual fue uno de los motivos; el otro, sin duda, hay que rastrearlo en la repercusión que tuvo la serie de Netflix Gambito de Dama. Esa serie, en la que la asesoría ajedrecística estuvo a cargo del ex campeón del mundo Gary Kaspárov, está basada en una novela escrita en 1983 por el estadounidense Walter Tevis, The Queen´s Gambit. Sería temerario afirmar que Tevis había leído la obra de Zweig, aunque los protagonistas de ambas novelas tienen un origen similar y una manera de vincularse al ajedrez muy parecido.

Sobre el auge del juego y la trascendencia de la serie, se ha expresado recientemente el actual campeón del mundo, el noruego Magnus Carlsen. En principio, sobre los cientos de miles de ajedrecistas que a diario se enfrentan on line, Carlsen manifestó su satisfacción pero expresó también su preocupación acerca del futuro del auténtico ajedrez, el pensado, ya que la mayoría de quienes juegan virtualmente eligen las partidas cortas, de no más de diez minutos por jugador. Por otro lado, el campeón del mundo elogió la serie y analizó muchas de las posiciones que se muestran en los distintos episodios.

El actual es, indudablemente, un buen momento para recomendar la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. No solo por el homenaje que le rinde al juego ciencia, sino por la implacable denuncia y descripción que hace de los atroces procedimientos del nazismo.

*Martín Kobse es marplatense, periodista, locutor y escritor. Actualmente, se desempeña en Radio Universidad y conduce el Ciclo Los otros libros por el canal de televisión de la Universidad Nacional de Mar del Plata, que va por su segunda temporada. Su libro A un ladrido de la humanidad -editado por Gogol– se encuentra próximo a publicarse.

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