Título: La jaula de los onas

Autor: Carlos Gamerro

Editorial: Alfaguara

De qué va: En la Exposición Universal de París de 1889 el pabellón argentino cuenta con un segmento en el que se muestra a una familia de indígenas nativos presentados como caníbales que habían sido trasladados en barco desde Tierra del Fuego. Pero un joven abre la jaula y los nativos escapan. Todos son recuperados a excepción del indio Calafate, que hace su propio camino, recorriendo todo un continente, para volver a su tierra.

Alta data: Es una novela inclasificable. El mismo autor cuenta que trabajó cada capítulo como una novela en sí mismo y que le llevó más de 5 años escribirla. Utiliza diversos géneros para contar cada parte de la historia que está motivada por una anécdota real.

Lo que muchos autores intentan y pocos logran -escribir una novela coral en la que cada personaje tenga una voz única-, en este texto estalla por los aires: el autor hace gala de una serie de recursos y estrategias narrativas admirable.

Buena interacción: Por ciertos aspectos del tema y por el tono hilarante de algunos de sus capítulos, habrá una buena interacción con La telepatía nacional, la última novela de Roque Larraquy, para leer antes o después. También se puede encontrar algo de todo el universo de La jaula de los onas en el libro de Sylvia Iparraguirre, La tierra del fuego, que puede funcionar como una especie de contrapartida de ese choque de culturas, de esa tensión entre la supuesta civilización y la supuesta barbarie que se descorre en esta nueva novela de Gamerro.

Libro que sí: Es una novela ideal para quienes quieren sorprenderse con el tono, el estilo, lectores y lectoras abiertas a leer cosas nuevas, no atadas a la preferencia de un género o las narraciones lineales, porque en muchos ocasiones, ante cada inicio de capítulo, reacomodarse frente a la historia implica un desafío.

Libro que no: Como no es un libro cómodo, donde la cosa fluye por si sola y si algo se escapa después se compensará, resulta nada recomendable para leer en lugares ruidosos, para una lectura pasajera o de esas que pueden pasar semanas entre un capítulo y otro. Es laborioso, pero sí que ofrece un gran deleite.

Signo de exclamación: El capítulo en el que Karl, el joven anarquista que acompaña a Calafate (Kalapakte) en su aventura, cuenta el ascenso del indígena a la Torre Eiffel, buscando llegar a lo alto para tratar de avizorar el camino que debe recorrer hasta su hogar. Una descripción exquisita, una serie de imágenes sensoriales que destacan: “Alguien le había dicho, o él mismo había llegado a creer, al verla crecer hasta el cielo, que desde lo alto de la gran Torre se podía ver el mundo”.

@trianakossmann

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