A Guillermo Martínez le encanta provocar, tanto a través de su obra literaria como de sus declaraciones públicas.

Algo de esa satisfacción se filtra a través de sus palabras cuando afirma, en diálogo con Revista Leemos, que la ficción es esencialmente el reino de la maldad y considera “una locura” juzgar las obras de ficción según la moral, o la falta de ella, de sus autores.

“Si lo hacemos, corremos el riesgo de quedarnos sin bibliotecas advierte con un brillo divertido en los ojos, tras señalar que entre los posibles “censurados” podrían estar Giacomo Casanova, Pablo Neruda y hasta el mismísimo Jorge Luis Borges.

“Yo creo que se tiene que poder leer y disfrutar de una obra sin necesidad de acordar ideológica, estética o políticamente con su autor” afirma el escritor, quien volvió a sacudir el avispero del mundillo literario al elegir como uno de los ejes de su última novela, Los crímenes de Alicia publicada por Planeta y ganadora del premio Nadal Novela 2019- la supuesta condición de pedófilo de Lewis Carroll, autor del clásico infantil “Alicia en el país de las maravillas”.

El tema aparece en medio de la charla que mantiene con Revista Leemos minutos antes de presentarse junto con Florencia Etcheves -autora de La Sirena en el ciclo Verano Planeta para analizar los distintos aspectos de la novela policial y sus recursos. Hacia ese tema apunto con mi primera pregunta:

-Suele decirse que escribir novelas de enigma es como hacer un acto de ilusionismo. Eso, al menos a mí, me parece especialmente complicado. ¿Es un género que requiere más preparación extra-literaria que otros?

-(Sonríe) No sé si requiere más preparación, pero sí tiene su complejidad. Y es que no solamente hay que pensar la historia que se va a mostrar en primer plano y que el lector va a ir encontrando de una manera secuencial, sino también una segunda historia, que es la que va a sospechar el lector, y una tercera, que es la verdadera. En Los crímenes… yo lo comparo también con las maniobras de espionaje, en las que se intenta dar una explicación que sea la que publica la prensa, una segunda que se insinúa para quienes creen en las teorías conspirativas y se creen más astutos que los demás, y una tercera que es la verdadera.

-Lo cual le suma aún más complejidad al tema teniendo en cuenta que la verdad también puede tener sus matices…

-Sí, claro. La persona que aprieta el gatillo no siempre es la autora de un asesinato. Una persona puede llevar una caja con una bomba pero no necesariamente ser la persona que puso la bomba adentro de esa caja. Quiere decir que el arma no es lo que define a la persona homicida.

-¿Cómo manejás la expectativa de los lectores de encontrar en la ficción cierta justicia, aunque sea poética?

-El tema es que yo no creo mucho en la idea de la justicia tal como suele pensarse, es decir como una institución que va a tener balanzas equitativas y va a estar por encima de los hombres. Creo que la justicia es lo que (Karl) Marx llamaba una mistificación, algo que se  impone, se naturaliza y se les hace creer a las personas que funciona de determinada manera, pero en realidad nada de eso es cierto. Eso lo saben los pobres, los desposeídos y Milagro Sala en Jujuy, todos los que han sido acusados por delitos que no han podido defenderse por no tener las herramientas que tienen otros más poderosos. Es decir que la Justicia es una especie de válvula, de regulación que funciona de acuerdo a los intereses de los más poderosos.

-¿Conocer la verdad sería, entonces, la reparación a buscar?

-Es que el concepto de reparación me parece muy difícil. Hay una especie de hipocresía esencial en todo el sistema que a mí me hace desconfiar. Porque cuando uno ha sufrido una injusticia en carne propia, las transacciones por dinero o por años de prisión no me resultan satisfactorias como para proponerlas en mis libros. Es por eso que en mis libros no aparece la idea de la justicia. Me interesa más la idea de verdad, que sí creo que se puede conocer en ciertos grados. También tiene sus dilemas, pero me parecen más interesantes.

-Hablando de dilemas, en este libro abordás uno moral como es la relación que Lewis Carroll habría tenido con la niña que inspiró su libro Alicia en el país de las maravillas sus supuestas tendencias pedófilas. A través de esa historia reflejás cómo van cambiando los valores morales a través de las épocas: lo que se condena en determinado momento puede ser aceptado en otro y viceversa…

Una de las fotografías tomadas por Carroll a Alice Liddle, niña en la que se habría inspirado para escribir “Alicia en el país de las maravillas”

-Si, eso es parte fundamental de Los crímenes… En la época en que Caroll hacía sus fotografías, las niñas semidesnudas solían estar delante de sus padres y nadie se escandalizaba por eso. Él le llevó la foto de Alicia como mendiga a (Alfred) Tennyson, que era el poeta que más admiraba, y el poeta aceptó el obsequio encantado. Incluso la realeza compraba fotos así. Cuestiones que hoy serían impensables, porque las costumbres cambian y también las miradas de cada época. Recordemos el derecho de pernada, una costumbre aberrante de la época feudal. Son cuestiones que cambian con los años y eso siempre conlleva contradicciones en ciertas personalidades. Uno va ahora a visitar en  Virginia la casa de Thomas Jefferson y él que fue uno de los luchadores contra la esclavitud, sin embargo tenía esclavos. Hay una gran distancia entre lo que las personas promulgan o pretenden que sea para su sociedad y lo que después están dispuestas a hacer personalmente.

-¿Y cómo creés que tiene que ser la relación entre la ficción y esas pautas morales?

Tienen que ser dos campos separados. La ficción es esencialmente el reino de la maldad. Es una exploración de la naturaleza humana en todas sus variantes, bajezas, sordidez, en sus costados oscuros. Si nos dejamos guiar por la moral, estamos condenados a las fábulas morales. Y para peor, con la moralidad de cada época. No quedaría espacio para la imaginación, el riesgo ni la experimentación. Además, corremos el riesgo de quedarnos sin bibliotecas. Recordemos que “Historia de mi vida” es una obra extraordinaria pero en ella (Giacomo) Casanova cuenta cómo en un momento forzó a una mujer. (Pablo) Neruda también cuenta en sus memorias que alguna vez se acostó con una mujer que no tenía ningún deseo de acostarse con él. Borges tuvo unas declaraciones horrendas sobre los negros y los indígenas. Imaginemos que descartemos esos libros por cuestiones de moral actuales. Sería una locura.

-Cómo trabajaste los personajes, teniendo en cuenta todos estos condicionantes y el hecho de que el libro está ambientado en 1994, cuando las pautas no eran las mismas que ahora, por ejemplo en lo que hace a las reivindicaciones feministas….

-No, traté de no condicionarme. De hecho hace poco hablaba con una amiga que

la novela puede leerse en clave feminista pero la verdad es que no la escribí pensando en eso. Lo trabajé pensando en hacer un pequeño aporte para resucitar un género que estaba bastante dejado de lado, menospreciado, pero creo que tiene su interés en cuanto a mostrar los dobleces de la naturaleza humana.

-¿Y qué efecto notás que causa en los lectores y lectoras?

-Algunas personas me dijeron que leer mi libro les cambió la perspectiva respecto del personaje Lewis Carrol y que incluso les gustaría volver a leer con inocencia “Alicia en el país de las maravillas”. Algo que yo creo, insisto, que no debería ocurrir, que uno debería ser capaz de separar la historia del autor. Tenemos que poder leer y disfrutar una obra sin necesidad de acordar ideológica, estética o políticamente con el autor. Pero bueno… parece que no es tan fácil.

@limayameztoy

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