”Si ojos tienen, que no me vean; si manos tienen, que no me agarren; si pies tienen, que no me alcancen. No permitas que me sorprendan por la espalda. No permitas que mi muerte sea violenta. No permitas que mi sangre se derrame. Tú, que todo lo conoces, sabes de mis pecados pero también sabes de mi fe. No me desampares. Amén”.

Con esta cita del texto conocido como “Oración al Santo Juez” comienza No permitas que mi sangre se derrame –editado por Reservoir Books-, la cuarta y última novela de Juan Carrá, un “western urbano” escrito con prosa vertiginosa y por momentos asfixiante que relata la disputa de dos bandas – una inspirada en los santos populares y otra en los arcángeles- que se disputan el dominio de la ficticia Villa Jerusalén.

Días antes de la presentación de lo que él define como un “western urbano” en la Librería & Espacio Cultural “El Balcón” –el 19 de julio a las 18:30 en 3 de febrero 2538– Carrá dialogó con Revista Leemos sobre su nuevo libro y ese interés que, él mismo confesó, siente por los vínculos entre las religiosidades populares y el delito.

Me interesa el discurso que se construye en torno a las religiones –respondió desde Buenos Aires, ciudad a la que se mudó hace varios años tras desarrollar gran parte de su vida profesional en Mar del Plata-. Ese poder de construcción de consensos que tiene cierto tipo de retórica y el poder que logran las narraciones épicas, ya sea canónicas como aquellas que desde la literatura han abonado el discurso hegemónico de la religión”.

Por otro lado –continuó- me interesa mucho cómo ciertas creencias populares se abren paso donde la iglesia y el Estado no hacen pie. La necesidad de creer en algo y, a la vez, de identificarse con algo: desde los mitos en torno al Gauchito Gil, la Difunta Correa y otros tantos que humanizan el mito. Hay identificación porque fueron como nosotros, incluso con sus miserias. En esas construcciones culturales existe algo de contrahegemónico, en oposición a lo absoluto, cristalizado, propuesto por las instituciones, en particular la iglesia. En esta novela el trabajo con los personajes parte de esta idea, del cómo serían, qué pasaría con esos personajes míticos si los pusiéramos en acción en el mundo actual y bajo la premisa de hacerlos formar parte de una trama que juega con las lógicas del western.  Quizás es importante remarcar que la novela tiene una historia que, si bien se abona desde la intertextualidad con textos religiosos, propone una trama que puede leerse, disfrutarse, más allá de estos simbolismos.

-Es un concepto con el que también han jugado otros escritores y escritoras argentinos…

-Si pudiera pensar a “No permitas…”  en una constelación de textos o una especie de genealogía, podríamos relacionarla con algunas de las novelas de Leonardo Oyola —por ejemplo la operación narrativa que propone en Kryptonita con los Superamigos, fue un modelo para mi idea con los santos populares y los arcángeles—; La Virgen Cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, fue otro texto que releí durante la escritura. También, esta novela que busca hacerse un lugar dentro del género negro en eso que llamamos novela criminal contemporánea, tiene su tradición en la gauchesca y las relecturas que hoy pueden hacerse a partir de textos como El guacho Martín Fierro de Oscar Fariña.

-En estos últimos tiempos, el marco del debate por la legalización del aborto, la influencia de las religiones y las instituciones religiosas estuvo varias veces en el centro de la escena. ¿Creés que estamos en un momento bisagra respecto del rol que esos actores ocupan en nuestra sociedad?

Juan Carrá

-Me parece importante diferenciar creencias de instituciones. El rol de la iglesia en el debate por la legalización del aborto es lo esperable de una institución arcaica, machista y con pretensiones de mantener su influencia política en un Estado cuya clase dirigente pareciera olvidarse que es laico. Estoy convencido que este tipo de discusiones no hacen más que mostrar la distancia que hay entre el dogma y la gente. Y también estoy convencido que debemos ser implacables en la idea de separar Estado de religión.

-En una entrevista anterior que te hizo Leemos afirmaste que la novela criminal juega un rol social. Además de la temática que abordás en esta novela, también elegiste una forma de escribir que buscó transmitir un poco la opresión que se vive en las cárceles y en los pasillos de las villas: ¿De alguna manera te propusiste visibilizar una realidad social que no siempre es tenida en cuenta?

-La novela tiene un ritmo muy dinámico, vertiginoso, pero a la vez asfixiante. Hay una búsqueda en el fraseo, en la puntuación, para que lo que se está contando tenga, además, un efecto de sonido, de respiración en el lector. Esto, que podría parecer algo simplemente estético, como el uso de un registro alejado de lo pretendidamente literario, es una decisión que abona a construir el tono que la historia necesitaba. Una forma de golpear más allá de las peripecias que los personajes viven. En relación a realidad social que expone la trama, hay una intención de poner al Estado al descubierto: la corrupción, eso que dice (Carlos) Gamerro en su decálogo del relato policial argentino, la policía (por lo tanto el Estado) como una de las palancas fundamentales del delito. También me interesa pensar, poner en cuestión, la idea clásica del bien y el mal. La existencia de buenos y malos es un poco maniquea; un poco alejada de lo que pasa en una realidad tan compleja.

-Esta es tu cuarta novela. Si tuvieras que analizar tu trayectoria como escritor desde Criminis Causa hasta No permitas…, ¿qué análisis harías? ¿Te animás a mencionar algo que hayas capitalizado y algo que hayas perdido en la camino?

-En principio, podría decir que desde mi primera novela hasta hoy tengo una relación diferente con la literatura, no solo como escritor, sino también como lector e incluso como docente. Ese cambio es algo relacionado con el camino recorrido, con las lecturas compartidas, con la formación que tuve desde entonces. Diría que lo que capitalicé en este tiempo es haber entendido que a escribir se aprende escribiendo y leyendo con el compromiso suficiente como para que libro a libro haya algo mejor que en el anterior, y que el lector pueda ver eso. En relación a esto, y contestando la siguiente pregunta, podría decir que en el camino perdí muchos textos, prejuicios y vicios propios de la inexperiencia como escritor.

@limayameztoy

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