El autor publica el tercer tomo de Los Viernes, una recopilación de la columna que escribe en el diario Página 12. En esta charla con Leemos conocemos a un hombre de mar.

 

La planificación del día salió mal. Esperaba llamar a Juan Forn para entrevistarlo desde mi casa y, sin embargo, voy de un punto a otro de la ciudad en un bache entre un compromiso y otro. Entonces, elijo hacer el trayecto caminando que es, a mi gusto, el mejor modo de hablar por teléfono. Mar del Plata se despertó gris, hoy. Pero son las cinco de la tarde y el sol brilla con su típica palidez que presagia el mes de abril.

Con Juan Forn tenemos dos cosas que charlar. Nunca lo vi personalmente, pero estoy segura de que hay dos temas que nos unen: los libros y el mar. Yo camino por el barrio La Perla, en Mar del Plata, él me atiende desde su casa en Villa Gesell, donde vive desde hace 13 años.

Durante los viernes de abril, algunos de sus textos, de todo su mundo y su literatura podrán leerse en el portal #LaPalabraPrecisa, donde ya está disponible la primera de estas entregas titulada Las piernas de Dora Markus.

Como en este caso, Forn publicó poesías, novelas y cuentos en diferentes medios y soportes. Desde el año 2008 escribe una columna en la contratapa del Diario Página 12, que sale los días viernes y muchos de esos textos se reúnen en formato de libros por tomos que Forn llamó, justamente, Los Viernes. La editorial Planeta acaba de publicar el tercero y último de estos tomos.

Después de varios timbrazos la voz grave de Forn aparece del otro lado, yo voy bajando por Avenida Libertad y le pregunto sobre la comunión que tenemos con el mar los que vivimos en ciudades costeras. Me cuenta sobre una conversación que tuvo sobre este tema unos días antes: “marcábamos la diferencia de cuando te acostumbras a caminar a la orilla del mar… Durante unos años estuve yendo semana por media a Buenos Aires y trataba de caminar igual que cuando estoy en Gesell, pero no tiene nada que ver. Caminar al lado del mar cura, limpia, te destapa las cañerías”, me dice y me doy cuenta de que yo a este Forn ya lo conozco desde cuando leí una nota de 2011 titulada El mar (autorretrato).

-Es un caminar reflexivo…  te abre otras vías, ¿no?

-Acá sos otro. Saliste y cuando volvés no sos el mismo que salió.

-Cuando te fuiste de Buenos aires, ¿de qué te fuiste?

-Dejé al que era. Yo me fui obligado, por un lado, y peleado con la ciudad, por otro. Aunque, en realidad, estaba enojado conmigo mismo porque me habían cortado la vida nocturna, los bares, el café. Y cuando me vine acá me agarró un horror al vacío. Pero crié a mi hija, que tenía 2 años cuando vinimos. Y además, cuando uno es lector acumula libros pensando que algún día los va a poder leer y llegó ese día… Mirá: Un médico hindú me enseñó que lo más importante es que haya aire. De los cuatro elementos, el más importante es el aire. Cuando hay problemas adentro de uno es porque las cosas están muy apretadas y es fundamental que haya circulación. A mí Gesell me dio precisamente eso: me entraron corrientes de aire a la cabeza.

-Y te parece que la columna que publicás en  Página 12 los viernes ¿también te genera esa circulación, ese movimiento? Porque, por ejemplo, vos no te pasás un año o año y medio escribiendo una novela…

-Cuando empecé a hacerlo, la gracia era ir a contrapelo de lo que hacen todos los escritores que tienen una columna semanal que es terminarla de cualquier manera para poder escribir lo que realmente les importa. Yo quise que esto fuera el centro de mi literatura. Entonces yo leía y caminaba por el mar pensando ‘qué me cuenta esta historia de mí mismo, de los lectores’,  y de pronto se fue convirtiendo en una especie de rito semanal. Empecé a entender el concepto de deriva, de ir derivando de un tema a otro, de pronto volver, o no. Y en ese mundo vivo desde hace ya casi 8 años.

-Me parece que las contratapas de Página 12, como ningún otro medio argentino, tienen esa cuestión que serpentea todo el tiempo entre lo literario y lo periodístico. Vos, ¿creés que realmente existe ese borde?

-(se ríe) Creo que conmigo el lado periodístico quedó olvidado.

-Pero hay un tema ahí. A mí me interesa esto porque, cuando hablamos de ficción y no ficción, estamos intentando definir desde lo negativo. ¿Qué no es? Bueno, no es ficción. Pero ¿qué sí es lo que no es ficción?

-A mí esa división nunca me funcionó del todo, por el concepto muy lábil que tengo de verdad. Soy incapaz de contar una historia igual dos veces y cuando me cuentan una me da exactamente igual si es cierta o falsa, en la medida en que me envuelve. Entonces, la idea de la ficción y no ficción me da igual. Lo que sí funciona como categoría es ‘relato’: contar el cuentito. Una de las cosas que me gustó del periodismo es precisamente eso, usar como camuflaje la información  para contar una historia. La diferencia entre información e historia -o cuentito-, es el efecto residual que tiene en vos cuando terminás de leerlo.

Paro en la esquina de Dorrego para esperar el semáforo. Hay pocos autos pero decidí que no estoy apurada. También hay conversaciones que tienen ese efecto residual, supongo. Viene un sonido agudo desde la Plaza, como de hamacas chirriando. En el cajero del banco de enfrente veo una pequeña fila de gente distraída y escucho a Forn que viene desde el teléfono y desde el viento que llega del mar: “cuando estás frente a un relato…  es como que rebota contra algo en vos, adentro tuyo, y se queda. Y yo lo que trato de hacer es dejar sedimento en los lectores semana a semana. Que se acuerden de un personaje, de una época, lo que sea”.

-¿Qué es lo que te atrae de esto de tener una obligación y a la vez una libertad semanal?

Una de las cosas que más me cabrean desde que escribo las contratapas es cuando me preguntan ‘¿estás escribiendo algo, además de las contratapas?’ como diciendo ‘¿estás escribiendo algo en serio?’ Por otro lado, me liberé del karma permanente de cuando estás escribiendo. El escritor, cuando no sabe qué escribir, sufre; cuando sabe de qué escribir y no le sale, sufre; cuando está escribiendo, sufre; y cuando la termina, sufre. Por ahora, dejé de pensar en formato libro y empecé a pensar en formato viernes. Digamos que la relación entre sufrimiento y goce cambió mucho. A favor del goce.

-Sin dudas, las columnas en el diario son una cosa y en el libro constituyen otro texto, que funciona de otro modo…

-Cuando esto empezó a correr con fluidez yo empecé a tener la sensación de que había algo ahí, no sé si un género nuevo, pero algo. Y cuando me propusieron sacarlo en libro, lo pensé mucho justamente porque no haber pensado en formato libro. En el diario tengo una limitación básica que es el espacio y muchas veces tengo que apocopar y comprimir demasiado, y cuando saqué las contratapas en forma de libro pude dejarlas respirar como tenían que respirar. Elegí las que más me gustan, las acomodé a modo de itinerario y la idea es que cada tomo funcione como un año, con las 52 semanas. Creo que, en el fondo, en determinado momento me di cuenta de que funcionaban como una especie de radiografía rara del Siglo XX. Entonces traté de elegir diferentes momentos del siglo y busqué armar un fresco con eso. Y ahora sale el tercer tomo y con esto cierro… y lo más probable es que cualquier día de éstos diga ‘esta es la última contratapa y de acá en más sigo escribiendo no sé en donde’.

-¿Sentís que estás llegando al final de este ciclo?

-Sí, yo creo que uno se da cuenta cuándo está en la zona y cuándo se está alejando… pienso que no hay que quedarse demasiado tiempo en ningún lado, escribiendo especialmente. Yo conozco a gente que estuvo 20 años haciendo algo, escribiendo sobre un tema y cuando pasa tanto tiempo, cuando lo publica ya se le secó. A mí no me gustaría parecer un geronte tipo Rolling Stone tocando todas las noches el mismo tema en diferentes partes del mundo… no es mi idea. No me gustaba la idea de hacer una columna facilona como cualquier otra y tampoco me gusta la idea de que, porque parece que encontré la fórmula, le tengo que dar a la maquinita para siempre. No es mi estilo.

En mi camino -y en la charla con el autor de Nadar de Noche, Puras mentiras y Corazones, entre otras-, dejo atrás el cruce con Avenida Independencia y hace varias cuadras que el aire tiene otra densidad. La proximidad del mar se siente en la agitación del tránsito, en el viento que circula entre las palmeras de la Plaza España y en los corredores que, al pasar con sus ropas fluorescentes parecen dibujar una línea de puntos coloridos en el horizonte. Pienso en el movimiento, en el viento y en el color. Juan Forn espera, en un silencio lejano, la última pregunta.

-¿Qué recorrido te gustaría que encontraran estos libros, todos estos viernes juntos?

-Yo quiero que lo lean desde el principio hasta el final, a diferencia de cómo me leen los que me leen, que es dosis de viernes… que los lectores se vayan a vivir a esos tres libros. Y van a entender más o menos el mundo en el que yo viví estos últimos 7 u 8 años.

Debe ser un mundo reflexivo, salado y ventoso, en el que el sol brilla de vez en cuando pero lo que nunca falta es aire.

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