El debate sobre los PDF que tuvo lugar hace algunos días en las redes sociales y que involucró tanto a escritores como editores y lectores puso sobre el tapete una de las grandes fugas que tiene la industria editorial, al igual que todas las industrias culturales, y que es la coexistencia con internet y la libre información, el acceso irrestricto a contenidos diversos y los límites legales que tanto cuestan hacer valer cuando no hay control, en general, y ni siquiera una valoración de los derechos que corresponde a quienes producen los contenidos.

Esta polémica se dio, además, en el marco de una de las más grandes crisis que vive el sector, que arrastra años de caída en sus ventas y a la que la pandemia del coronavirus espetó un golpe certero: cierre de librerías, distribuidoras, imprentas y depósitos, la cancelación de contratos de publicación y muchas otras situaciones que llevaron a que se interrumpa la cadena de producción del libro y que recién después de casi dos meses parece empezar a mover los engranajes nuevamente.

En el mismo sentido, la imposibilidad de desarrollar actividades de promoción y difusión de la producción editorial, como es el caso paradigmático de la Feria Internacional del Libro de Buenos Airtes, pero también el cese de todo tipo de encuentro, talleres presenciales, presentaciones e instancias diversas, pone de manifiesto que la industria se encuentra en el límite del abismo y se hace más que necesaria una reinvención, una adaptación de los contenidos y la producción a los tiempos que corren, un mejor aprovechamiento de las herramientas que la virtualidad pone a disposición.

La supuesta batalla entre el libro en papel y el formato digital no es tal, de hecho, hasta el momento han convivido de manera bastante armoniosa, complementándose y hasta articulándose en diferentes instancias.

Sin dudas, esta crisis sin precedentes guarda estrecha relación con el modo en que está conformado el mercado, los enormes conglomerados empresariales que lo lideran y sus estrategias de ventas, pero también y claramente con los usos y costumbres del público consumidor y las políticas públicas que se han llevado a cabo -o no se han llevado a cabo- en los últimos tiempos para fomentar la industria y la lectura.

El intercambio, en varias ocasiones totalmente virulento, que se dio en torno a la polémica por la Biblioteca Virtual (el grupo de Facebook que surgió para compartir lecturas gratuitas durante la pandemia y donde empezaron a circular los PDFs de libros que están en las librerías en estos momentos, con ediciones recientes) dejó en claro que la demanda de libros sigue siendo importante especialmente durante el aislamiento, pero que claramente no se traduce en más ventas. Esto podría responder, no sólo a la imposibilidad de pagar precios totalmente inaccesibles, sino también al fácil acceso a ediciones piratas que tenemos e, incluso, a lo normalizado que parece estar el hecho de compartir libremente contenido con copyright, al menos en nuestro país.

Situaciones similares se dieron con otro tipo de contenidos antes de que Spotify o YouTube, por ejemplo, significaran fuentes de ingreso para artistas en torno a producciones audiovisuales y musicales.

La industria editorial se encuentra, seguramente, en un punto de inflexión y es ahora cuando deben surgir nuevas herramientas o explorar las existentes para que permitan, no solamente mejorar la circulación de los contenidos, sino principalmente que quienes desarrollan la escritura como trabajo, editan, diseñan, ilustran y publican -además de todas las otras tareas que tienen lugar en relación a ello y que implica satisfacer el deseo de lectura de millones de personas- reciban la paga que corresponde por su trabajo.

@trianakossmann

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