Fabio Herrera escribió Las Formas del Regreso y la editorial MB lo publicó en 2015. Parece un libro que reúne relatos y poesía. Parece un libro, pero no es.

Podría decirse que es, en realidad, el mapa de un laberinto. Pero un mapa que sólo los que conocen el código o aprenden a descifrarlo pueden leer. Un mapa para los que están perdidos en lo cotidiano o los que se encontraron, volviendo de ese punto, con otra ruta desconocida.

Tal vez no sea un mapa. Puede que sea una brújula: la del autor que recorre imágenes de días y noches, de desvelos, de sabores compartidos, de caminos que siempre llevan al mismo lugar. Pero sería entonces una brújula que marca siempre un adentro, el propio, el del lector.

A lo mejor no es una brújula, sino que podría ser un diccionario. Uno de sensaciones, de ideas incandescentes, de emociones que no tienen nombre y a las cuales no se las puede sintetizar más que con la promesa de algún sinónimo.

Pero entonces no es un diccionario. Las Formas del Regreso bien podría ser una de esas figuras a escala reducida con las que los estudiantes revisan sus conocimientos de anatomía. Hay todo un cuerpo entre esas hojas blancas, dolores, entumecimientos, poros que, en algunos tramos, la propia lectura despierta.

Aunque también habrá allí un tratado de humanidad. Hay un entramado social, toda una gama de relaciones que parecen brotar de los textos enmarcados y con los títulos debajo. Un compendio de vínculos escasamente esbozados e igualmente elocuentes.

Entonces probablemente, este breve núcleo de vitalidad sí pueda ser definido como un libro. Un libro y no. Una búsqueda, mejor. La de un autor que se identifica más con el recorrido que con el destino.

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