Leer los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia es una aventura intelectual que sus lectores habituales emprenden con entusiasmo.

Primero está la cuestión de cómo leer diarios, esos retazos de la vida de otro que parte de una convención que luego se infringe: escritos desde la intimidad para la intimidad, el pacto se rompe en el momento en que son puestos en el estante de una librería. 

Luego está el otro pacto, el de verosimilitud: todo lo que se anota en un diario, supone el lector que espía la intimidad develada, es cierto. Los hechos que se narran pasaron, las reflexiones que se leen existieron, los sentimientos que se expresan fueron tal como están contados. Y, más allá de toda teoría, el “basado en hechos reales” sigue siendo un gran atractivo.

Y finalmente, el orden cronológico: desde el nombre mismo de “diario”, sostenido por el formato cuaderno que le es propio (nadie escribe un diario en hojas sueltas), las sucesivas anotaciones corresponden a la sucesión temporal.

Piglia pone en cuestión los tres postulados anteriores y, junto con la trascripción del contenido de los cuadernos, interviene en la organización temporal  y propone un marco de ficción atenuada  para presentarla. Emilio Renzi es el alter ego del escritor, pero un alter ego compuesto de su segundo nombre y su segundo apellido: es otro muy cercano, otro que es casi el mismo. Aunque, a la vez, la atribución de autoría que se inicia en el título propone una distancia que va adquiriendo diversas formas (citas, aclaraciones, partes escritas en tercera persona), en un movimiento de repliegue sobre la materia en bruto de los consignado a lo largo de los años. Una cita del inicio del segundo tomo habla de esto: “hacer de vez en cuando pequeños resúmenes narrativos que funcionan como un  marco o encuadre de la sucesión múltiples de los días vividos”.

Además, en los diarios se torsiona (no dis-) la sucesión temporal: “para escapar de la trampa cronológica y meterme en mi tiempo personal” propone la idea de series, esto es, agrupamientos de entradas que tratan de los encuentros con los amigos o de las mujeres o de la situación política del país.

Entonces, desde esta organización que muestra todo el tiempo el revés de la trama y el mecanismo de lectura que el nuevo narrador (el que organiza la trascripción) hace, leer los diarios de Piglia-Renzi es, como se dijo antes, una aventura.

El primer tomo se llama Años de Formación y plantea la pregunta que guía toda la construcción: cómo se convierte alguien en escritor. Aparecen, entonces, cuatro cuestiones fundamentales que bajo diversas formas aparecerán en todos los demás: la familia y los amigos; las mujeres; los libros que lee y los que intenta escribir y la cuestión económica.  Como una serie de fondo, la situación del país, los debates políticos, las decisiones y tomas de partido.

El segundo tomo se llama  Los años felices y es el más voluminoso. Se construye en torno a la formación del escritor, la construcción de una poética que busca borrar las fronteras entre el ensayo y la narrativa, la organización de eso que se suele llamar campo intelectual incluyendo la anécdota sobre los escritores con los que se relaciona y, persistentemente, la anotación puntillosa de ingresos y egresos como forma de recordar la conexión de la literatura y el dinero.  Muchas de las entradas son ensayos breves sobre autores que toma como sus referentes (Pavese, Tolstoi, Borges) y sobre contemporáneos que admira (Puig o Saer).

El último tomo, Un día en la vida, ensaya procedimientos que no estaban en los anteriores. Terminado un poco antes de la muerte del autor, arranca en 1976 con anotaciones que dan cuenta de la situación de horror generada por el golpe militar aunque a la manera de Respiración Artificial: el sentido está más afincado en lo que no se dice que en lo que sí. Tremenda intensidad concentrada que se extiende por todo el libro y llega al clímax en las últimas páginas, cuando el tema es la enfermedad que lo invalidó y lo llevó a la muerte.

Leer Los diarios de Emilio Renzi es una aventura como aquella de los libros para chicos: abre mil senderos bifurcados. Libros para leer con lápiz, para anotarlos al margen, para retornar con insistencia a alguna de las series, para romper la linealidad de la lectura y extender el sentido de la narrativa (el relato, la autobiografía, el ensayo y todas esas etiquetas que son puestas en duda). Porque como menciona al inicio del segundo tomo “lo pavesiano en mí es la resonancia mística, de ahí que estos cuadernos tienen que ser abiertos, con datos sueltos y núcleos morales”.

*Gabriela Urrutibehety es escritora, periodista y profesora. Autora de Con la muerte a cuestasLa banda de los seguros: discreta geografía criminal y Tres tipos ¿difíciles? Sigue el blog Diario de lector

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