Una elegante fábula que nos habla de los principios altruistas y afectivos que sirven como mecanismo de defensa social en contextos adversos. Así es “Lejana tierra mía”, obra que -como todos los viernes de enero y febrero- volverá a subir a escena hoy a la noche en la sala A del Centro Cultural Osvaldo Soriano. Sobre el texto dramatúrgico que le da sustento a la pieza y distintos aspectos técnicos reflexiona Rubio en esta colaboración especial para Revista Leemos.

Encontramos al comienzo de la obra a un enorme cuadro que es el mismo escenario, poblado de otros pequeños cuadros, donde en su propio atelier un hacedor pintor de los mismos y su ayudante, mantienen una constante discusión acerca de la vida, los sueños y el compromiso idealista.

El punto de vista del padre (Rodolfo Barone) se opone al pragmatismo en la versión más fresca y hedonista del hijo (Ulises Tortosa). Podríamos predecir también, aún a riesgo de equivocarnos, que el soñador es el adolescente y el conservador es el adulto: más no, todo lo contrario, justo al revés.

El texto dramatúrgico es rico y fluido, establece la conversación ágil y desestructurada entre ambos protagonistas, no sin digresiones oportunas y salidas de humor hilarantes, sobre todo por parte del primogénito.

Éste, encarna desde un aspecto lúdico y vivaz a un interlocutor que desafía el discurso paterno, que no escasea en mostrarle un cuadro social amargo. Para ello, expone la ruina en que se ha convertido la realidad de un país que solo redunda en mentiras y slogans de baja estofa, que ha acorralado a sus habitantes a un pesimismo extremo y resistente. 

Constantemente, el adulto le recuerda al joven el compromiso que había mostrado su propia generación y que hoy es un vago recuerdo; al tiempo que denosta de manera implacable a las actuales generaciones, mucho más preocupados en disfrutar de una manera despreocupada y hedonista la vida, carentes de ideales y de compromiso hacia la sociedad y la nación que habitan.

También agregaremos entonces, al analizar la obra completa del autor, que hallamos como elemento común a lo tragicómico y esta obra no es francamente la excepción; pero quizá, en esta oportunidad y confesado por él mismo, eligió lo literario como elemento disparador y como mensaje.

No en vano a la mitad del transcurrir de la obra, los personajes leen un poema que, como un potente dique, separa las aguas de lo sucedido hasta el momento y atraviesa todo el escenario, para transportarnos a la lírica como explicación emocional de la trama.

La dirección de la obra corresponde a una experimentada María Carreras, quien dota a los actores de una ajustada y rigurosa interpretación: tipos corrientes que dialogan de un extremo al otro del escenario y de la vida, mientras pintan en sus lienzos distintos encargos para entregar.

En ese sentido hemos de mencionar, la sólida y portentosa interpretación tanto de Rodolfo Barone como de Ulises Tortosa, que dan vida a dos mundos, enfrentados y unidos a la vez.

La obra en su totalidad constituye una elegante fábula, escrita por Rovner en la década del 90’ que fueron años de gobierno menemista y que sobretodo, refiere a los principios altruistas y afectivos que nadie debería perder, pese a las circunstancias.

Eduardo Rovner ha recibido numerosos reconocimientos como autor, el premio ACE en cuatro oportunidades, el premio Argentores, Casa de las Américas, Konex, Florencio Sánchez,(Uruguay), María Casares (España), Embajador de la Creatividad Argentina (Universidad de Palermo), Estrella de Mar.

La asistencia de dirección la ejerce Nely Arcidiácono, la realización escenográfica Liliana Obando y la obra cuenta con la música del violinista y compositor Pablo Albornoz y su agrupación de tango fusión DMOL, quien ha realizado especialmente una versión del tema de Carlos Gardel, que da nombre a la obra. 

Completan el staff Silvia Ventura en la voz cantada, Alejandro Valdez en la grabación y Tania Garcés en la prensa y difusión.

Como epílogo y como regalo extra, al término de la obra, se convoca al público a pintar una tela junto a un artista plástico invitado, diferente en cada función.

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