En esta charla con Revista Leemos, la autora habla de sus recuerdos sobre los talleres de Daniel Boggio, su experiencia al momento de publicar y todas aquellas cosas que la llevan a reírse de sí misma.

 

En Mar del Plata hay toda una generación de autores que parecen tener un recorrido, por lo menos, parecido. Y todos esos caminos encuentran un punto de inicio en los talleres de literatura que dictaba Daniel Boggio. Este también es el caso de María Ignacia Sansi, autora de Penumbras, el libro de cuentos ganador del Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano 2008, así como de Cretinos, en el que reúne, ente otros, cuatro cuentos que antes de ser editados habían sido adaptados y conforman la obra de teatro Muertas de Amor.

Ese inicio común de tantos parece, además, tener una continuidad en los talleres de Javier Chiabrando, quien además es referente de la Editorial Gogol. Por ahí también pasó Sansi, aun cuando su intención primigenia no era ser escritora. Ahora se ríe de las circunstancias que la llevaron por cada uno de estos espacios y de las experiencias que atravesó para que ahora su nombre se lea en el lomo de un par de ejemplares en la biblioteca.

En realidad, se ríe de todo.

El de Boggio era un taller medio… pasional, intenso”.

¿El que hacía en la Biblioteca de Naciones Unidas?

Después nos cambiamos, pero siempre quedábamos los mismos. Fernando Del Río, Jorge Chiesa, Mauro De Ángelis, yo, Hugo Ferreira. Los demás cambiaban mucho porque se peleaban con Daniel.

Era fácil pelearse con él…

Si, era muy hostil, se enojaba mucho y discutía fuerte. Pero sabía muchísimo y te metía en la literatura de una manera increíble, con ese fanatismo que trasmitía. Yo había entrado al taller sin haber leído casi nada.  Entré porque sabía que a través de la escritura se me organizaban las ideas, pero nunca había escrito nada.

¿Y cómo se te ocurrió ir a un taller así?

-¡Por qué lo vi en la tele! Él había ganado un premio, creo que un Lobo de Mar, y en esa nota contó sobre los talleres y la trayectoria y yo, por todo ese curriculum me metí. Ahí había chicos que habían leído mucho, se hablaba de filosofía. Y yo, nada…. calladita.

¿Tu plan no era ser escritora?

-¡No, nada que ver! Es más, yo cuando gané el Soriano me morí de vergüenza. Es más, pedí que sacaran un cuento porque me daba mucha vergüenza. El premio me sorprendió y creo que no estaba preparada. Nunca pensé que lo podía ganar. Ese cuento después lo puse en otro libro: se llama Mi amiga Macu.

En Cretinos.  Y es uno de los que está en la adaptación a teatro de Muertas de Amor ¿Cómo llegó eso?

-Después de que deje el taller de Daniel estaba como perdida, me metí en internet y me contactan con Vicente Batista y empiezo a trabajar mis textos con él cuando viajaba a Buenos Aires. Él siempre me invita a presentaciones de libros, eventos culturales y en una de esas conocí a Eduardo González Amer, un cineasta. Intercambiamos mails, a él le encantaron mis textos, se mató de risa, y me decía que quería hacer algo. Todo por mail. Y un día viene con que me compraba los derechos de autor de esos cuatro cuentos. Pero decía que quería hacer un cortometraje… ¡y le salió una obra de teatro! Después la hizo. Me había pasado el libreto y me pareció divertido, pero yo no leo teatro, así que no sabía qué tal estaba eso. Y cuando fui al estreno de la obra fue muy emocionante.

¿Te encontraste en lo que pasaba en el escenario?

Sí, los personajes eran muy reconocibles, él lo supo captar. Con las actrices Anahí Martella y Karina Antonelli, hacen otro tipo de teatro en general, pero en este caso captaron la esencia de los personajes de mis cuentos, agregaron elementos, bromas, giros… Y yo miraba y me decía a mí misma: “esto lo escribí en la cocina de mi casa y ahora lo veo en el escenario”. Es muy emocionante.

En Cretinos hay como una línea completa: es el mismo personaje que quiere tener una relación y se desarrolla en varios cuentos. Pero Penumbras es otra cosa…

-Lo que pasa es que tengo dos registros. Eso es lo que me marcaba Boggio. Él me decía que era una habilidad. En realidad, me mataba, pero me decía que por un lado tengo ese registro intimista, melancólico, profundo, oscuro, podría decirse. Y el otro que es el humor. Pero a veces mezclo… Lo burgués y lo vulgar.

-En Cretinos se te salió la cadena.

-¡Si! Pero en Penumbras no. Hay otras cosas y en la última parte se ve que está saliendo esa voz desenfrenada. Ahora estoy escribiendo una novela en ese registro más denso. Hay mucha gente que Penumbras no lo puede leer porque te moviliza en ese sentido. Me parece que no tengo que leer tanto a Bukowski si quiero seguir por ese camino.

*

Mientras tomamos mate rodeadas de libros, Sansi dice que tiene que esforzarse mucho para mantener el tono en sus cuentos, especialmente si trabaja sobre aquél clima intimista, pero va de un extremo a otro. “Voy a tener que ir al psiquiatra”, dice y se vuelve a reír y cuenta que le sugirieron escribir policiales: “Yo no puedo. No mato a ningún personaje. Pensar un crimen no me mueve”. Y habla de sus personajes como si estuvieran todos locos. De pronto se pone seria y me explica que arma un rompecabezas con las personalidades de los protagonistas de sus historias: “Algunos son personas reales o cosas que escucho y después me tomo la libertad de inventar y exagerar. Mucho”. Y se vuelve a reír.

¿Cómo conociste a Vicente Battista?

-Porque Boggio hablaba siempre de Abelardo Castillo y leíamos sus cuentos. Cuando dejé el taller y sigo sola con mis textitos, un día me meto en internet y busco. Pensé: “voy a ir a que me lea Castillo”. ¡No quería perder tiempo! Mandé un mail a una revista, al editor le dije que necesitaba el teléfono de Abelardo Castillo, así nomás… y el tipo me mandó un teléfono. ¡Pero no me animaba a llamar!… Cuando me decido llamo y me atiende la esposa…

Silvia Iparraguirre…

-¡Sí! Me dijo que tenía que llamar en otro horario. Y lo llamé… y me atendió él. Me dijo que tenía que pasar por una evaluación y que como estaba lejos se me iba a complicar ir todas las semanas, pero que me daba el teléfono de un amigo y me aclara con su voz gruesa: “es muy exigente con la corrección”.

-Entonces, a Vicente Battista te lo recomendó Abelardo Castillo…

-¡Claro! hay que ir a los grandes. Ellos saben. Y a Vicente lo googleé y le mandé mi novela y mi cuentito. Y ahí empezamos. Viste que antes los escritores eran muy distantes: estaban en Buenos Aires, allá, lejísimos… ahora con el tema de las redes sociales y los mails es como que hay más comunicación…

Y yo  fui con una emoción tremenda. Me atendió y empezó a analizar mis textos, y con él fuimos armando lo que después presenté y gané el Premio Soriano… porque soy muy desbolada. Ahora ya es como de la familia, pero en ese momento fue muy emocionante”, sigue la autora.

Ya se lavó el mate que empezamos hace una hora y ahora Sansi dice que se distrae mucho, con todo. Lo dice después de que llevamos todo este tiempo charlando ya sin un orden temático ni siguiendo ningún plan. “Hace un tiempo volví a contactarme con los compañeros del taller de Boggio que se juntan de vez en cuando. Ahí decidí entrar en el taller de Chiabrando, porque ellos empezaron a publicar. Además, la gente me pedía los cuentos de la obra de teatro. Entonces lo hablamos con Javier y salió. Con mucha duda, mucho después, fueron 7 años después. Por ahí dentro de 7 años publico lo que estoy escribiendo ahora”.

¿Y cómo fue que se te ocurrió estudiar en la Escuela Superior de Artes Audiovisuales Martín Malharro?

-¡Porque quería ser pintora! Yo nací aburrida y todo el tiempo estoy buscando divertirme. Iba a ir a Bellas Artes en La Plata pero Mar del Plata nunca me deja ir. Siempre sucede algo que me retiene.  Y después me metí en el taller de Daniel y bueno…

Sos escritora…

-Bueno… estoy en vías.

Pero al menos acordemos que tenes una sensibilidad hacia el arte en general…

-Y… mis pinturas ganaron algunos premios, menciones… no me acuerdo. No encontré el maestro para seguir. Hay que encontrar quien te guíe en el arte.

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