Esto no es una especie de catarsis o de vidriera sobre la familia. Yo hice un recorte arbitrario, sin matices por momentos, con furia, con humor, con dolor, sobre mi papá, sobre mi familia. Y eso que yo escribí me llevó mucho tiempo: encontrar la distancia, el tono, me llevó toda la vida. Y conseguí el tono que pude conseguir, conseguí la distancia que yo quería tener sobre los hechos. El libro se publicó y esto yo lo tomo como parte del trabajo”. Así explica Martín Sivak cómo decide encarar las entrevistas sobre su libro El salto de papá que comienza con el suicidio de su padre, Jorge Sivak, y en el que aborda hechos importantes de la historia de la familia. Y del país.

Editado por Seix Barral, este libro estuvo durante meses entre los primeros puestos en los rankings de venta en el segmento No-ficción y va por su octava edición. Los últimos libros de este autor son Jefazo: retrato íntimo de Evo Morales, Clarín, el gran diario argentino: una historia y Clarín, la era Magnetto, entre  otros volúmenes de investigación periodística.

Tal vez no sea necesario aclarar que Jorge Sivak fue un banquero comunista. Uno que, ante la quiebra de la empresa familiar, Buenos Aires Building, se suicidó en 1990. Años antes, apenas estrenada la nueva democracia argentina, su hermano Osvaldo había sido secuestrado y asesinado por lo que se llamó en su momento la “mano de obra desocupada de la dictadura”. Todo ello se cuenta en este libro, así como una especie de ensayo sobre las razones por las cuales Jorge decidió terminar con su vida, la falta de acompañamiento por parte de algunos familiares, entretejido con la propia historia de nuestro país.

¿Pensás –o sentís- que este libro le hace justicia a tu papá? No pensándolo como héroe o algo similar, sino justicia a la persona que él fue, con todo lo que él fue.

-Sí, yo creo que sí. Aunque puede sonar un poco arrogante: hice la justicia que pude hacer, con las mismas dificultades que tiene esto, una historia que por momentos es muy lejana y por momentos es muy presente. Porque no es que yo vivo atado a la historia de mi papá, ni es el centro de mi vida, ni mucho menos. Este libro es una cosa medio absurda. De repente, estoy en una situación de mucha proximidad, en un acontecimiento que por ahí ocurrió hace 35 años y después, mi vida cotidiana no tiene absolutamente nada que ver con eso.

¿Qué rol juega, entonces?

-Yo tenía cierta tendencia a la melancolía, a pensar y sentir la ausencia de mi papá como la de mi mamá, pero también tengo un impulso vital que es el que él nos dejó, que tiene que ver con darle para adelante. La muerte fue inesperada y dolorosa, como la muerte de cualquier pariente o persona que uno quiere. Pero a los 18 años yo encontré una vocación, de trabajar de lo que me gusta hacer, de pasar muchas cosas que a veces puede percibirse desde este libro como una vida atravesada por el drama. Mi vida no fue pura tragedia y el libro intenta reflejar que en medio de algunas cosas trágicas nosotros nos reíamos mucho y eso no es una pose de humor negro. Un poco mi vida también consistió en eso, y el libro. Si no hubiese podido reír, no hubiera escrito este libro.

Este libro tuvo mucha repercusión, y una campaña de prensa intensa. Pero, pensando un poco en la psicología de las y los lectores, ¿puede ser que un grupo importante de gente se acerca a este libro por una cuestión de voyeurismo, por decirlo de alguna manera? ¿Por qué pensás que intriga tanto, teniendo en cuenta que tu viejo no era un personaje reconocido de la historia?

-Esto te puede sonar a falsa modestia, pero creeme que no lo es: cuando yo terminé el libro mi expectativa era que lo leyera una cierta cantidad de gente pero nada extraordinario. El director de Planeta, Ignacio Iraola, decidió una tirada de cuatro mil ejemplares. Y yo le dije que me parecía un montón.

Para vos no daba para tanto.

-No, ni loco. Y esa primera edición se agotó en diez días. A partir de ahí hubo otras siete ediciones en seis meses y superó absolutamente mis expectativas. Además, yo lo veía como una historia argentina y ahora va a haber ediciones locales en Uruguay y Colombia, México y España. Y es una historia que yo pensaba que era de acá. Pero lo que a mí sí me interesaba rescatar era el tema de las historias universales de padres e hijos. De hecho, ante mi timidez inicial para escribir sobre algo personal, me ayudó mucho encontrar una especie de biblioteca de memorias de padres. Leí muchas para ver que existía un género. Por eso, creo que la repercusión, la llegada que tuvo el libro tiene que ver más con las emociones. Hay algo ahí que yo también como lector encuentro, algo en ese mundo de las emociones que últimamente me atrajo mucho. Entonces, no sé si pondría lo del voyeur.

¿Tu interés con esas memorias de padres era aprender sobre el género o tener ciertos respetos?

-Una mezcla. Las primeras las leí desbordado por la emoción. Por ejemplo: Patrimonio de Philip Roth. Me pasó que estas memorias de padres se leen con mucha emoción la primera vez y después, en la relectura, se ve de otra manera. Otra: El olvido que seremos de (Héctor Abad) Fasciolince. Esa me gustó mucho y ahora voy a hacer una presentación con él en Colombia.

¿Cómo se elige qué contar y qué no?

-Ese es un tema, porque esto no es una catarsis que uno cuenta todo. Y con el libro de Fasciolince me pasó que pude ver cómo cerrar mi propio libro y tiene que ver con esto. Llegó un momento en que no sabía cómo terminar. Quería poner las cartas de mi mamá a mi papá, unas cartas que en un momento encontré y después perdí. Mi mamá tenía mala caligrafía y yo no entendía la letra. Y cuando las quise mandar a leer, no las encontré. Me dio un pánico terrible, pero me acordé de Fasciolince que cuenta que en un momento llega al escritorio y encuentra cosas de la vida íntima del padre. Y dice: “No voy a contar nada de lo que encontré acá”. Y me gustó mucho, como gesto. En el medio de la desesperación me di cuenta de que no quería seguir buscando, y prefiero no saber y no compartirlo.

¿Por qué elegiste este género y no, por ejemplo, una novela?

-Nunca escribí ficción, conozco mis limitaciones.

¿Es porque no te interesa inventar?

-Prefiero contar las cosas como si hubiesen ocurrido.

Pero eso es la ficción: como si hubiese ocurrido.

-(risas) Bueno, yo podría haberme tomado mil licencias, pero no hay nada inventado. No hay un color que yo haya cambiado. Lo que no recordaba cabalmente o tenía dudas, no lo puse. Por ejemplo, en el libro cuento que acompañé a mi papá a hablar con Seineldín. En las primeras versiones puse que la birome que tenía Seineldín era una bic negra, y una persona que leyó el libro me dijo que sonaba a que lo había inventado. Y, ante la duda, en la última versión saqué que era negra. Me siento muy cómodo en la no-ficción.

@trianakossmann

triana@revistaleemos.com

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