Con un cigarrillo apagado entre los dedos (“hoy hace 38 días que dejé de fumar”), Pedro Saborido me saluda como si me conociera de toda la vida. Elige dejar la zona del café y me propone que vayamos a un lugar menos ruidoso, aun cuando intento no interrumpir su merienda: “yo ya sé que después es un quilombo para desgrabar, boluda, no se entiende nada”.

Esta charla que estamos a punto de iniciar en una salita del Museo Mar, antes de la presentación de su libro Una historia del fútbol en el marco del ciclo Verano Planeta, no puede entrar simplemente en la categoría de entrevista. Eso sería por lo menos, inexacto.

Él está tan interesado como yo en hacer preguntas: saber dónde vive y que hace de su vida la persona que tiene enfrente, de qué equipo es hincha, cómo se relaciona con el fútbol, si sabe quién es Zubeldía (“a tu edad sólo se explica porque sos de Estudiantes de La Plata”), qué estudió y qué tal es esto de vivir en Mar del Plata, entre muchas otras cuestiones que se van colando en este intercambio. Y, sin dudas, no podría ser de otro modo, porque el guionista, productor y escritor tiene un modo de relacionarse con las y los periodistas que se aleja del divismo; su intención, para este encuentro, es conocer a quien tiene al lado. La mía, también:

¿Vos querías hacer un libro sobre fútbol? ¿Por qué sacaste este libro?

-Me lo pidieron.

¿Quién te obligó?

-Mariano Hamilton, de la Revista Un Caño. Es una publicación que viene de una herencia de fútbol prestigioso y sofisticado, con tipos como Víctor Hugo, Matías Martin… y yo había escrito algunos cuentos para esa revista. Y Hamilton arregla con Planeta para hacer una serie de la revista y me lo propone. Yo tenía diez, doce cuentos escritos. Así que me pregunté: “¿para qué me voy a exponer, si estoy bien donde estoy?” Pero me convenció, lo hice y después me empecé a divertir. Le engancho la rosca y me gusta. El tema te guía. Pero es una pregunta jodida: nadie te pregunta con qué necesidad. Y no. No había ninguna necesidad.

Al leer los cuentos tuve la sensación de que podrías haber hecho esto con cualquier tema. Con política, con medicina.

-¡Sí! ¡Lo hubiera hecho de médicos! Se puede. Pero escribí de futbol porque la revista era de futbol.

¿Te importa el fútbol?

-No. Está ahí. ¿Qué se yo? Es. Se le da una importancia. Por qué todos se ponen de acuerdo en que es importante, es otro tema. Eso es lo que llama la atención.

Hoy entré a un bar y en la TV, que estaba en silencio, se lo veía a Pagani muy enojado y golpeando su escritorio de panelista. En el graph decía “No creo en la selección argentina”.  Y me di cuenta de que, sin el contexto, parece muy absurdo ¿Realmente es para tanto? ¿Vos qué pensás?

-Criticarlo nos llevaría a un lugar obvio, darle importancia también. Es un juego y tiene la convicción que vos tenés en cualquier fantasía que te pongas a vivir. Somos capaces de ver películas, de ver teatro, de suspender la incredulidad. Es lo que nos sale más fácil. El tipo te hace vivir la importancia y el que quiere entrar en ese territorio entra y dice “este chabón no cree en la selección”. Vos, si tenes ganas de entrar, empezás a creer, y te das cuenta que el tipo no cree en la selección. Y después te aburrís y decís “está diciendo boludeces”. Te aburrís como te aburrís de una novela, o de ver a Enrique Pinti o cualquier cosa que te pongas a mirar. Por eso la gente se lo toma en serio, porque es un juego. Si no, es serio de por sí. Lo tenes que tomar en serio. Y jugar es de las primeras cosas que hicimos. ¿Vos a qué jugabas cuando eras chica?

Creo que a todo. A la mancha, a la escondida, al elástico. Esos eran los juegos de mi barrio.

-¿Y por qué querías ganar?

No sé. ¿Quería ganar? Sí. Quería quedar última en la escondida y cantar piedra libre para todos los compañeros.

-Claro, para vivir ese momento de gloria. ¿Cómo te lo vas a perder? Hace poco fui a un programa y me hicieron jugar a un juego re pelotudo. Y en un momento me dije que a mí eso no me interesaba: “puedo perder tranquilamente”. Y uno de los que jugaba conmigo se molestó. Al tipo que compite no le sirve que el otro no le de importancia. La misma pasión por la cual vos querías estar última en la escondida y por la que Pagani golpea la mesa: analizar por qué perdimos, a quien echarle la culpa y canalizar la angustia. Esa es la otra parte del juego. Pero el fútbol no es más que entretenimiento. No deja de haber algo que es una aventura, una épica.

Sería improcedente incluir en esta nota todos los temas que transitamos en los escasos 30 minutos que duró la conversación con Pedro Saborido, pero podríamos sintetizar en un listado que debería contemplar, por lo menos: Zubeldía, por qué los italianos que llegaron hace más de 50 años a la Argentina todavía tienen tan marcado el acento, Paulo Freire, el clásico asimétrico entre Estudiantes y Gimnasia, Los Ramones, ser o parecer macrista, Roland Barthes, Isis o Mossad, atravesar el Río de la Plata corriendo, la herencia bastarda de la Televisión, muzzarella contra el asfalto, las ganas de matarse en junio en Mar del Plata, entre algunos otros igualmente interesantes. Y esos son algunos de los temas que aparecen en los cuentos de Una historia del fútbol.

Con el mismo tono descontracturado y sus constantes salidas desopilantes, el escritor, guionista y director de cine encara la charla frente a un concurrido auditorio en la sala del Museo Mar. Es otra hora y media de risas y reflexiones de la misma intensidad.

@trianakossmann

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