Publicó más de 60 libros para chicos. Es uno de los autores argentinos más leídos en este segmento y, en su paso por Mar del Plata, habló con Leemos sobre el gran momento que vive la literatura infantil y juvenil.

La Plaza del Agua es un hervidero de chicos y libros, de cámaras, funcionarios, padres amilanados y otros envalentonados en la multitud. Hay un gran revuelo por las actividades previstas para esta tarde fría, que incluyen la presencia del destaco escritor, periodista y guionista Ricardo Mariño. Entre el ruido ensordecedor que se agiganta en la nave central por la altura del techo y las corridas de libreros y los narradores tan cercanos, nos sentamos unos minutos en el pequeño living blanco. Instantáneamente se produce un oasis de reflexión.

Después, una compañera de trabajo me mostrará una foto que sacó mientras charlaba con este autor oriundo de Chivilcoy y en ella, les aseguro, me veo absolutamente absorta en la conversación. Es que Mariño piensa en voz alta y atrae.

-Escribís para chicos desde la década del 80. ¿Notas una diferencia conceptual sobre cómo abordar a los chicos de hoy con esa otra idiosincrasia de la niñez de los 80… o los 90?

-En principio contestaría que hay cambios. Pero, por lo menos yo, no tengo una posición distinta al escribir ni me parece que un escritor, por más que se dedique a la literatura infantil, tenga que andar viendo qué le pasa al lector. A mí no me funciona así. Uno escribe el poema, el cuento, la novela que se le ocurre y después ve si funciona o no. No es parte de una especie de estudio de campo. Aunque si veo que los chicos son distintos: Hay un chico más intelectual, más encerrado en su habitación, más dependiente de pantallas y, en resumen, más lector. Lector de los signos que sean.

-Pero pensás que la literatura no tiene que adaptarse especialmente a esto…

-Es que, este chico del que hablamos, a tono con los padres, muchísimo más narcisista, con dificultades para entender las reglas, la ley, o adecuarse a ellas, y con padres que son más conflictivos en el sentido de que les cuesta diferenciarse de los hijos y poner límites… es una sociedad distinta, más necesitada de entretenimiento. Pero, es verdad, ante eso me parece que la literatura es todo lo contrario: requiere despojamiento y entrega, tiempo, paciencia, trabajo, de manera que yo, justamente, no propondría modificar la literatura para que sea más histérica, más llena de imágenes, más cortita y así logre adecuarse a un lector distraído. Al contrario, hay que redoblar la apuesta por mantener lo literario.

Mariño es autor de libros como Cuentos ridículos, Botella al mar, Cinthia Scotch y El mar preferido de los piratas, entre muchos otros, y recibió el Premio Casa de las Américas, en 1988 y el Premio Konex a la trayectoria en dos ocasiones. Dice que no se propuso, específicamente, escribir literatura infantil: “Empecé escribiendo para adultos como a los 15 o 16 años. Esos cuentos están reunidos en un libro que se llama Silbidos en el cielo. Lo primero que escribí para chicos fue como a los 21 años, medio de casualidad. Apareció como una propuesta de escribir con otros amigos, Oche Califa y Horacio López y también fue un descubrimiento porque podía hacer humor”.

-Como escritor, ¿te surge plantearte cuál es el rol de la literatura en esta sociedad que describís?

-Salvo que me lo pregunten, yo no pienso en términos de ver qué le aporto a la sociedad, pero en tren de pensarlo se me ocurren estas cosas: La literatura, o la música, funcionan de otra manera. Responden a ciertas funciones personales, profundas, íntimas, contra las que no podés luchar y te sale lo que te sale. Y así es como salen cosas como, ya que estamos en el 150 aniversario, Alicia en el País de las Maravillas… de un tipo raro, por lo menos, y genial  que produjo un extraordinario libro, No sé qué se proponía él, pero salió eso… y es uno de los grandes libros de la historia que pertenece a la literatura infantil.

Llega el momento de su charla y nos despedimos, pero no puedo evitar quedarme a escucharlo un rato más. El auditorio está repleto de chicos con libros, de mujeres súper abrigadas, de papás o tíos o hermanos mayores con bolsas, carritos de bebés, dibujos de Mafalda, más libros. Además, reconozco a varios bibliotecarios de la ciudad que esperan ansiosos su turno de preguntar. Me distraigo mirando a la gente y de pronto estalla una carcajada generalizada. Ricardo Mariño no parece ser consciente del efecto que produce. Tiene una expresión entre avergonzada y resignada: “Qué bueno que les divierta, pero no lo pensé mucho. Me salió así”.

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