Leo en dos tardes Ana, La niña austral (Letra Sudaca) del escritor y editor marplatense Esteban Prado. A veces, cuando dejo pasar una o dos semanas para terminar una lectura siento que me olvido de lo importante. De los nombres de los personajes, de los hechos que hacen avanzar la acción. No es este el caso. Entre la primera tarde-noche en la que leo más de la mitad del libro y, prácticamente dos semanas después, cuando leo la segunda mitad, tengo muy presentes los personajes.

En el medio, entre mitad inicial y mitad final, me encuentro con el autor y en la conversación surge un comentario sobre lo que hasta el momento me parece la novela. Me dice que tiene casi lista la segunda parte. Es un dato que hubiera preferido no saber, porque ahora sí, mi lectura está condicionada por ese final que sé que no será. Al que aún no había llegado. Le pido por favor que no me cuente nada más.

Y vuelvo a otro domingo frío y, más allá de la promesa que constituye esa segunda parte, termino esta lectura y Ana vuelve a atraparme, como atrapa a Matías con su historia, con su misión para terminar con un clan entero, como le hace hacer cosas que jamás creyó que pudiera y, además, sin grandes cuestionamientos a su propia consciencia. ¿Él hace porque ella lo pide? Está entregado a una trama. Igual que yo, de este lado del papel.

Es el desconocimiento del protagonista, esa ignorancia suprema de porqué pasa lo que pasa y si de verdad pasa lo que parece pasar, la mejor información con la que puede contar quien lee. Ahí está la conciencia: Conciencia de no saber, de no creer. O sí.

No quiero decir que Ana, la niña austral es una historia apasionante. Pero no se puede describir de otro modo. Mientras no leo está ahí. Y cuando leo no quiero que no esté más. Igual que Matías -ese protagonista que acepta sin cuestionar la lógica innegable de aquello que es, simplemente, inevitable, dado-, yo también me resigno.

Probablemente haya una idea fuerza en esta novela que sostiene una trama en la que el motor que propulsa los hechos es infinitamente más grande que lo que se cuenta y el límite entre la locura y la inexorable verdad se vuelve difuso. Es una propuesta en la que el o la que lee hace equilibrio en la soga débil que divide los géneros. Y finalmente, la trama no cae de ningún lado: ¿Fantasía? ¿Policial? ¿Psicológico? Si.  Todo eso. Y ninguno.

Cierro el libro y me queda esa dulce nostalgia que dejan los asombrosos sueños que sueñan otros. Y espero.

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