Jorge y Lucio. Miguel. Luján. Lucio y Jorge. El Hueso. Gabriel. El Marino. El Gaucho. Miguel. El resto. Y Poli

No permitas que mi sangre se derrame de Juan Carrá, es una historia que duele. Hagan la prueba. Ya van a ver, ya lo van a sentir. Comiencen la lectura en cualquiera de sus páginas y van a ver. Duele en su todo. Duele por lo parecido a lo real, duele lo negro de la historia. Duele el sentir que sus protagonistas estén subidos a nuestros hombros día a día. ¿O nosotros subidos a los de ellos?

El género negro como lo mejor para   retratar nuestra época. Para llevar adelante la mímesis de la eterna lucha del bien contra el mal y de las pasiones. De la ambición y del poder, de la gloria y el dinero. O sea, de todo aquello que explica y justifica los modelos del sistema que nos envuelve.

Las letras de Juan son tan reales como la mitad de la realidad que nos toca ver, esa que interpretamos. Y esa misma realidad  es la encargada de actualizar constantemente lo narrado por él: policías, ladrones, corruptos, ventajeros, traidores, sufrientes, culpables y culposos. La injusticia parece hallarse en lo marginal siempre y encontrar su mejor forma en la degradación.

La justicia parece ausente, pero sabemos que es necesaria aunque el mundo siga siendo injusto, y Alonso Quijano ya lo sabía muy bien. Alguien dijo por ahí, que es mejor ver los molinos como gigantes, que negarlos de esta realidad.

Todo. Creemos absolutamente todo lo que Juan nos narra. Nos convence con su prosa más allá de la trama. Nos convence con un lenguaje preciso y seco. Nada sobra. Nada hay fuera del texto y de las jergas. Con eso alcanza. Esta ficción es un desprendimiento de lo verídico y la mejor técnica de Juan, denuncia la realidad como ficción. Dice Javier Marías que, “a veces comprendemos mejor nuestro mundo o a nosotros mismos, a través de esa figura fantasmal que recorren las novelas”.

Jorge y Lucio. Miguel. Luján. Lucio y Jorge. El Hueso. Gabriel. El Marino. El Gaucho. Miguel. El resto. Y Poli.

Figuras fantasmales que desnudan la fragilidad humana, así como los extremos que podemos alcanzar y los límites que podemos decidir cruzar.

La competencia, la deslealtad, la compañía, los amigos, los códigos, la tristeza, la miseria, la traición. Todo es posible, por cierto. Todos sentires que se cruzan en un punto: el apego con el otro. No existen en su experiencia sino que vienen acompañados de un apego. Apego que en determinado momento nos conducirá al infierno o al paraíso. El punto es, ¿qué estamos dispuestos a pagar? ¿Qué camino elegimos?

“Recuesta la cabeza sobre la chapa del celular. Siente el frio del metal, que le baja por la espalda como un hormigueo. Sabe que adentro ese frío se multiplica. Es el anuncio de lo que se viene. El prólogo  de la muerte con la que tanto coquetearon siempre, ahora, está más cerca. Matar es la forma de no morir. Y morir la única manera de estar en paz.

Jorge piensa en las veces que estuvo cerca de la muerte. La vez que se dio la cabeza contra una piedra durante una carrera fallida en los pasillos. Se ve desmayado. Poli corriendo con él en brazos. Un colectivo frena y los lleva sin paradas intermedias al hospital. Se acuerda y siente, como si todavía tuviera la herida abierta, los pinchazos de los puntos. La voz suave de su madre diciéndole que se quedara quieto, que ya faltaba poco. También se acuerda de una internación y de la vez que Lucio lo dejó mal herido en la cancha. La falta de saliva, la lengua áspera. La certeza de haber tenido la muerte en la boca. Ni siquiera esa vez tuvo miedo. Lo más cercano al temor fue lo que sintió cuando Lujan le contó que estaba embarazada. Temor a que el pibe no fuera suyo… y a que lo fuera, que esa vida que crecía en el vientre de la piba tuviera algo suyo. Temor a que, de una vez por todas, algo le hubiera salido bien. Temor a romperlo. A que se le fuera de las manos. Como su vida. Como la vida de los suyos, que ahora lo esperaban del otro lado del muro. Ahí, donde estar vivo o muerto, la mayoría de las veces, es lo mismo”

Y la historia sigue. La vida sigue. Los sentimientos nos cruzan y refuerzan nuestro día a día. Las preguntas existenciales y sus ensayos de respuestas aparecen en algún momento y nos marcaran en el cuerpo. Aquí es donde los fantasmas contribuyen. Son nuestros tatuadores. La literatura desenmascara posibilidades e imposibilidades. Nuestra mente es el filtro. Nuestro cuerpo lo asimila. Sabemos, como dice Juan, que “en la piel llevamos lo que somos”.

La novela marca esta realidad que nos toca. Que interpretamos cada uno de nosotros. Aquellas pequeñas cosas que hacen el todo de la historia, te interpelan. Caprichosa y, hasta quizás, algunas pocas veces injustamente. Un estado de situación bajo pleno compromiso literario. Un compromiso literario que lleva muchos años ya de respeto mutuo y donde se nota claramente el proceso de maduración del escritor. Escritor y artista que continúa dando mucho de lo tanto que tiene de bueno aun para convidarnos.

*El siguiente texto fue leído la tarde que Juan Carrá presentó  su novela, No permitas que mi sangre se derrame, en Mar del Plata.

 

@bernabetolosa

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