*Por Vanesa Mopty

Habría que nacer en Nueva York, como Paul Auster, para apreciar cabalmente los matices y metáforas contenidos en el soberbio ejercicio literario que nos presenta en  4 3 2 1, editado por Seix Barral. Aunque ello tampoco debería ser óbice para afrontar el desafío de adentrarse en una lectura donde ligeras variaciones de tiempo y espacio desdibujan los límites del destino.

Ese destino es el de Ferguson, protagonista unívoco de varias posibles vidas, donde el azar entrelaza sus caprichos con los preceptos dictados por la convulsionada sociedad norteamericana de mediados del siglo XX.

Planteos existencialistas y prosaicos conviven en el riguroso esquema decimal que estructura esta novela, porque aquí debe advertirse que su lectura no es secuencial, sino que sorprende con saltos temporales y cambios de escenografía magistralmente compuestos.

Párrafo aparte merecen las referencias musicales, cinematográficas y literarias que salpican toda la obra, en las que Auster regala –con una generosidad no exenta de fanfarronería- un sinfín de datos y curiosidades.

Detallado, ameno, casi pedagógico, este extenso relato de casi un millar de páginas juega con la atención y el desconcierto que indudablemente conllevan su lectura.   Puede describirse como un experimento intelectual, cuyo claro mensaje es que somos la suma de las decisiones que tomamos en la vida que transitamos y, si cambiásemos cualquier cosa de nuestro pasado, no seríamos nosotros mismos al día de hoy, porque incluso la fatalidad -o ventura- de leer 4 3 2 1 puede alterar nuestra estrella.

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