Todas las noches, desde hace más o menos 5 años, le leo a mi hija y es el momento en el que cualquier frustración, cualquier culpa, cualquier macana que me mande como madre, cualquier travesura que roza los límites del peligro que se mande como hija, se esfuma. Porque es el momento más tranquilo del día, el más íntimo.
Las lecturas han ido variando. No solo en los títulos, sino también en la complejidad. Las preguntas evolucionan, el metatexto se amplía, la metáfora trasciende. Y esa evolución, esa lectura en voz alta sin esperar nada a cambio, es algo que disfruto muchísimo. No me aburre nunca. Me aburre jugar al mercadito, me aburre jugar a los Lego. Pero jamás me aburre leer historias infantiles para mi hija.
Con esa experiencia empírica que he acumulado, creo que he podido darme cuenta de algunas cosas. Lo primero es que la literatura infantil es apasionante. Lo segundo es que hay muchísimo, y en ese “muchísimo”, considero que hay que saber buscar y elegir porque debido a, creo yo, la gran subestimación que hay respecto de los libros y la infancia, se editan y publican muchos títulos de “úselo y tírelo”, casi sin historias, con dibujos brillantes, con oraciones sin sentido y cuando de a poco adquieren sentido, se trata del algo directo, con moralinas no solicitadas. Políticamente correctos, pero literalmente malos: sin hacer reflexionar, pensar ni imaginar, y sin tener todo lo que una historia debe tener.

En definitiva, hay muchos libros que no cumplen su función porque carecen de la magia que, estoy convencida, toda historia infantil debe tener. No hablo de magia de magos ni de hadas (aunque también), hablo de magia destellante en la cabeza, historias que nos lleven a crear el mundo que queramos. Porque los adultos nos corrompemos, vivimos en una lógica distinta de la de los niños y las niñas, y el adultocentrismo debe estar ausente en esa literatura. Ese es el enfoque que trataré de transmitir en esta sección titulada “Garabato”. Quizá el nombre trata de hacer un guiño al libro con el que quiero comenzarla: Pipi Calzaslargas (o Pipi Longstocking, u originalmente: Pipi Långstrump).
La editorial que recomiendo, porque hace una muy buena traducción, es la de Kokinos. Esta lo edita en tres libros: Pipi Calzaslargas (1); Pipi se embarca (2); Pipi en los mares del sur (3). Y, respecto a su autora, se trata de la extraordinaria sueca Astrid Lindgren. No soy una experta en ella, pero espero ir leyéndola cada vez más porque si hay algo que esta mujer (¡Cuya foto en Pipi es la de una vieja trepada un árbol!) es que entendió todo. Todo lo que significa ser niña, niño, niñe.
Pipi es irreverente, es la niña más fuerte del mundo y con un corazón y generosidad que pesan tanto como su fuerza. Es aventurera, impulsiva. No es perfecta, es una niña valiente y con ganas de vivir el mundo, no viajar por el mundo (pese a su deseo de ser pirata), sino de vivir la vida, de disfrutarla, saborearla. Es ocurrente, observadora, contestataria y en absoluto correcta.

Soy un tanto inexperta en cómo contar un libro sin hacer spoiler, y disculpen pues es mi primera columna en esta sección. Pero la historia comienza más o menos así: Pipi llega a la pequeña ciudad y se instala en su casa llamada “Villa Villekulla”, al lado viven unos niños, Tomy y Anika, correctos, peinados, limpios y con muchos buenos modales, pero con unas ganas terribles de jugar (y no al croquet).
Cuando comenzás a leer, a quien es milleniall y tiene tan podrido el cerebro, pensás que va a haber problemas, que Pipi los va a decepcionar, o que ellos se van a burlar, pero nada de eso pasa. Y hay dos detalles de Lindgren que me encantan y que me juego están en todas sus historias (es por demás prolífera, así que hay muchísimas historias más allá de Pipi), y es que prima la inocencia y la bondad. Y la bondad no está dada por decir “por favor” y “gracias”, sino en los detalles, en lo dicho en el contexto, no en la literalidad. Y de hecho, depende de la madurez de la o el lector, se lo interpretará de distinta manera. De lo que no hay dudas es de la amistad entre los tres. Pipi es un par de años mayor, pero los protege, aunque no los disminuye. Del libro puede trasmitirse lo acogedor, el lugar seguro, la complicidad, la ternura de Pipi, la inocencia y la evolución de Anika, la amistad de Tomy.

En Pipi no hay preocupaciones por el dinero (ella es rica, más rica que un troll), no tiene madre pero tiene padre. Al principio puede que no le creamos: Pipi miente mucho y, por momentos, lo reconoce. No sabe leer, y no lo precisa (dice) pero nadie piensa en que eso es una mala influencia. Tomy y Anika no se copian de ella, conviven con ella, con su amistad, con su generosidad, con su aventura, con la capacidad para hacerlos imaginar más allá de las fronteras de la pequeña ciudad aunque subsumidos tan solo en un roble hueco donde brotan refrescos y los jueves, además, chocolates.
La historia tiene caprichos (pero no niños caprichosos): hay caramelos, dulces, juguetes, todas las cosas que cualquier niño quiere tener, y ahí nace la magia y la diversión. Lindgren sabe lo que el y la pequeña lectora quieren, el mundo ideal, lleno de dulces, aventuras y sonrisas. Porque la infancia es eso, o debería de serlo: el derecho al juego, al ocio, se materializa en esta lectura, y si se lee despierta magia, aventuras y puras sonrisas con una panza llena, incluso si es de caramelos imaginarios.
No se pueden leer por separado ni uno solo, o al menos, si así se hace, no se completaría la historia. Pero si tuviera que calificar, el libro 1 es magia, es el descubrimiento, es increíble en el mejor sentido de la palabra. El final del libro 2 me hizo llorar, es tremendamente emotivo, una oda a la amistad y la generosidad de Pipi traspasa cualquier imaginación. Y el libro 3 es aventura pura, el final también es emotivo porque es el fin de una historia, pero su desarrollo son puras aventuras en un paisaje completamente diferente al de aquél país nórdico.
Pipi no es apta para personas políticamente correctas, ni para adultos aburridos que pagan tasas municipales y ahí está el guiño al título de esta sección porque ya casi al final después de unas vivencias increíbles, Pipi, Tomy y Anika se quejan de los adultos y dicen que no quieren serlo, que los mayores nunca se divierten. Entre los tres toman la píldora Garabato (guisantes que Pipi les presenta) y cuando las toman los tres dicen a la vez “Pequeño, bonito garabato, yo no quiero ser mayur” ¡Y no vayan a decir mayor sino crecen hasta tocar el sol! Y en esa vuelta me quedo por acá, esperando que sus pequeños lectores de alrededor disfruten de Pipi y esperando que aquella pequeña lectorcita que vive dentro de ustedes, despierte con Pipi, tanto como lo hizo la mía.


