El rumor, el cuerpo y la herencia del daño

El periodista y escritor Raly Haurat leyó la primera novela de Triana Kossmann, Un rumor no deja de ser un ruido que publicó Editorial Caburé, y comparte esta reseña para Revista Leemos.

Hay novelas que se apoyan en una trama; otras, en una voz. Un rumor no deja de ser un ruido consigue algo bastante más difícil: construir una experiencia de lectura donde la trama y la voz se vuelven indistinguibles. Desde su primera línea —“¡Qué alarma del orto! ¿Qué es? No puedo moverme”— la novela instala una conciencia atrapada en un cuerpo inutilizado y convierte esa inmovilidad en un territorio narrativo de enorme potencia.

La premisa podría resumirse como un thriller psicológico: Mayra Arguindeguy despierta en terapia intensiva tras un confuso episodio investigado como posible intento de suicidio o tentativa de homicidio; está intubada, inmóvil, sedada, incapaz de abrir los ojos o hablar, pero atrapada en una conciencia intacta. Sin embargo, reducir la novela a esa arquitectura sería injusto. Lo policial es apenas la superficie. Lo más fascinante sucede en el interior de esa mente insomne: piensa, sospecha, recuerda, ironiza, fantasea, reconstruye y desarma versiones de sí misma y del mundo que la cerca.

Kossmann trabaja el flujo de conciencia con una precisión notable. La repetición, la digresión y el ruido interno no son ornamento estilístico: son experiencia física. El lector no observa a Mayra desde afuera; queda encerrado con ella, sometido a la misma lógica fragmentaria y obsesiva. El cable de alta tensión entre las sienes, la arena en la garganta, el humo que invade la percepción, el olor persistente, los pitidos, los pasos: todo compone una maquinaria sensorial asfixiante y muy lograda.

La novela profundiza y complejiza de manera admirable lo que parecía una mera paranoia hospitalaria. La sospecha se organiza, el recuerdo se afina y el delirio empieza a adquirir una lógica propia. Lo que antes parecía ruido blanco se vuelve patrón. El ingreso de Débora como figura inquietante —ex amiga, médium improvisada, emisaria de una espiritualidad delirante y potencial ejecutora— introduce uno de los registros más perturbadores y al mismo tiempo más eficaces del libro: el humor negro como vehículo del horror.

Raly Haurat acompañará a Triana Kossmann en la presentación de Un rumor no deja de ser un ruido en la Feria del Libro de Mar del Plata

Mayra Arguindeguy es, sin dudas, uno de los mayores logros del libro. Es una narradora incómoda, feroz, clasista, narcisista, lúcida, graciosa y atravesada por una herida persistente.

La novela no está escrita para caer bien, sino para resultar verdadera. Puede reconstruir una posible conspiración criminal y al mismo tiempo dedicar párrafos enteros a insultar a su novio por haber “rifado” al perro o a su madre por convertir el sufrimiento en performance social. Esa capacidad de observación venenosa sostiene buena parte del placer de lectura.

Hay además una crítica muy filosa a cierto universo de clase media alta marplatense, empresarial y gastronómica: familias donde el afecto aparece mediado por la gestión del daño, la reputación y la funcionalidad. En ese contexto, la hipótesis de que un intento de suicidio resultaría más funcional que un intento de homicidio se convierte en una idea brillantísima.

La novela también explora, con bastante profundidad, una pregunta menos policial y más existencial: ¿qué queda de una persona cuando el cuerpo deja de obedecer? Sin movimiento, sin rostro, sin habla, Mayra queda reducida a pensamiento puro. Pero ese pensamiento no es noble, limpio ni edificante. Está lleno de resentimiento, deseo, clasismo, culpa, erotismo residual, bronca y humor. Y ahí radica buena parte de la fuerza del libro: no idealiza la conciencia ni romantiza el sufrimiento.

En términos formales, el texto demuestra un gran control del ritmo interno. Sostener una novela apoyada casi por completo en una voz requiere oído, resistencia y administración precisa de la información. Kossmann sabe cuándo acelerar, cuándo insistir obsesivamente sobre una imagen y cuándo abrir pequeñas ventanas de aire. Las escenas sobre cerveza, espuma, porter, lúpulo, playas y recuerdos adolescentes funcionan como microvariaciones sensoriales dentro del encierro clínico y amplían el espesor del universo.

Si algo distingue a Un rumor no deja de ser un ruido es su capacidad para convertir el caos mental en estructura literaria sin perder frescura ni potencia. No se limita a contar una historia: construye una atmósfera psíquica completa. El ruido del título deja de ser metáfora para transformarse en material narrativo.

Triana Kossmann firma una novela de enorme personalidad, con una voz reconocible, un gran manejo del monólogo interior y una intuición muy precisa sobre cómo mezclar thriller, sátira familiar, crítica social y humor negro sin que nada parezca impostado.

Es una novela que se lee con ansiedad por saber qué pasó, sí, pero sobre todo para escuchar a Mayra pensar. Y eso, en literatura, no ocurre todos los días.

Recomendación final: leerla. No solo por su trama adictiva o por el misterio que sostiene, sino porque confirma algo infrecuente y valioso: cuando aparece una voz narrativa con identidad propia, incómoda y viva, el ruido deja de ser ruido y se convierte en literatura.

Raly Haurat

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