El abedul de Karlok: un laberinto de belleza, violencia y desquicio

Como un laberinto.

Hay libros a los que se entra como a un laberinto. No por lo que cuentan, sino por cómo obligan a leerlos. Y por como uno queda, de algún modo, atrapado en su interior, incluso mucho después de haberlos terminado.

Así es El abedul de Karlok, de Martín Sancia Kawamichi -Salta el Pez-.

La experiencia empieza antes de la primera página: en el gesto de abrirlo. La tapa —invertida, desplazada, casi reacia— no termina de facilitar la lectura. No al menos en el modo tradicional. Y en ese pequeño desajuste ya hay un anticipo: algo no va a acomodarse fácil.

Una vez adentro, el libro no ofrece salidas claras.

Como en ciertos laberintos —con algo de Jorge Luis Borges flotando de fondo—, lo que importa no es encontrar el centro ni la salida, sino perder la orientación. Avanzar sin certezas por un camino en el que se mezclan belleza, violencia, locura y tiempo.

Apenas ingresados nos encontramos con una pareja en proceso de desintegración -camuflado detrás de una inexplicable deshidratación- que escribe una novela y espera, según dice, que refleje “todo lo que hizo hermosa nuestra vida juntos”.

Pero esa afirmación no ilumina nada.

Por el contrario, abre una pregunta que recorre todo el texto como un pasillo sin fin: ¿cómo hallar belleza cuando lo que se describe es egoísmo, violencia, tiranía y locura?

El escenario de esa segunda historia es explícito: hay un castillo, un “pueblo loco” del Este de Europa y un tiempo: la alta Edad Media.

Sin embargo, algo en la lectura desarma cualquier distancia, tanto histórica como geográfica. Lo medieval y lo contemporáneo se rozan. Lo europeo, lo patagónico y lo italiano se entremezclan, se contaminan.

Y los interrogantes aparecen.

Esos personajes repugnantes y fascinantes a la vez, ¿son medievales? ¿O siguen existiendo en esta realidad distópica que nos toca vivir?

Esa violencia, esa tiranía, esa crueldad, ¿son realmente cosa pasada?

La locura de los personajes, ¿es realmente locura? ¿O una forma de respuesta ante una realidad intolerable destinada a perpetuarse?

Y en el medio del camino tan repelente y magnético, los narradores que confiesan:

Nos gustan los laberintos.
Nos gusta el cansancio.
Nos gusta que la vida no tenga nunca, ni por un instante, el menor sentido.
Nos gustan las historias trágicas.
Nos gustan las aspas, los deshielos, los personajes a medias.
Nos gustan las cosas inexistentes que raspan.


Los amantes no nos orientan: nos deshidratan un poco más.

Como si en ese borde —cuando ya no queda casi nada— pudiera aparecer otra cosa: un delirio, sí, pero también una forma extraña de lucidez.

Y entonces pasa algo más: el libro no se termina.

Se sale —en todo caso— sin haber salido del todo.

Como de casi todos los laberintos.

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