La Torre: una trilogía áspera sin héroes ni verdades absolutas

No hay héroes. Ni siquiera personajes entrañables. Tampoco víctimas de vida impecable. El atractivo de la trilogía La Torre, recientemente publicada en español por el sello Motus -Trini Vergara- radica en el realismo áspero con el que su autora, Kate London, describe a una sociedad que en este caso es la londinense pero que perfectamente podría ser la de cualquier ciudad mediana del mundo occidental.

Publicada originalmente en inglés entre 2014 y 2019, la trilogía permitió el rápido ascenso de London en el mundo editorial. 

La autora exhibe como capital simbólico el hecho de haber trabajado como detective en la famosa Policia Metropolitana de Londres, puesto que dejó para dedicarse de lleno a la escritura. Esa experiencia, tan destacada por la crítica —es uno de los primeros datos que aparece sobre la autora cuando se la googlea—, impacta en el libro de manera doble: el realismo es innegable; la falta de épica, también. 

La trilogía parece querer reflejar sin poesía los sinsabores del mundo que London conoció de primera mano. 

Las principales herramientas que utilizó London fue la construcción de dos personajes femeninos claves: una agente novata, Lizzie Griffith, y una policía más experimentada pero no cooptada por los vicios tradicionales del mundo policial, la inspectora Sara Collins.  

Además de plantear distintos hechos policiales y narrar sus resoluciones, los tres libros van reflejando la evolución personal y profesional de ambas mujeres.

Así, Griffith pasa de ser una joven llena de vitalidad y optimismo en la primera novela a una mujer un poco más escéptica que intenta desarrollar su carrera mientras cría a su hijo sola, en la tercera. 

Aunque un poco más plano, el personaje de Collins también va experimentando cambios. La detective intenta ser fiel a lo que entiende como un comportamiento profesional ético en un entorno tan masculino como poco apegado a las normas externas. En su caso, la evolución tiene trazos (sutiles) un poco más positivos: la agente solitaria del primer libro termina liderando un equipo de investigación en el tercero y evoluciona en su entorno sociolaboral.

A estos elementos hay que agregarle una fuerte perspectiva de género y respeto por las dviersidades: Griffith encarna el estereotipo de la mujer joven, heterosexual y atractiva, que vive su sexualidad de manera libre y desinhibida, mientras que Collins es lesbiana, carga con las típicas marcas de quienes maduraron sexualmente en las sombras y quizás por eso (pero también por ciertos rasgos neurodivergentes) encuentra especialmente difícil vincularse con otras personas.

En los comienzos, una torre londinense

De manera llamativa, la torre con la que la trilogía se conoce a nivel mundial no es el título de la primear novela, publicada como Post Mortem (comentario al margen, mismo título con el que Patricia Cornwell inició su saga protagonizada por la forense Kay Scarpetta, serie sobre la que hablaremos en breve).

La mutación tiene que ver muy probablemente con que La Torre es el nombre con el que se lanzó la serie de televisión, casi en simultáneo con la publicación del primer libro, en 2014.

Sin embargo, la alusión tiene lógica dado que será en la azotea de una torre londinense donde comenzará el misterio del primer libro: allí se tendrá que dirigir la inspectora Collins junto a su compañero, Steve Bradshaw, para investigar por qué un policía veterano y una joven inmigrante encontraron la muerte tras caer desde las alturas. Y por qué, en cambio, la agente Griffith y un niño de 5 años sobrevivieron al incidente.

La investigación se complicará cuando la joven policía se niegue a declarar como testigo y emprenda una clásica huida, siempre con Collins pisándole los talones. 

Ya desde ese primer libro London atrapa con su capacidad para describir las ambivalencias de las conductas humanas.

Su marca son los claroscuros. Ningún personaje es del todo bueno ni del todo malo. Tampoco los actos resultan completamente censurables o aplaudibles. No hay víctimas inocentes —salvo el niño— ni victimarios del todo repudiables. 

A diferencia de las clásicas historias hollywoodenses, ni Griffith es excepcionalmente hábil en su huida ni Collins al perseguirla.

La Torre es, intencionalmente, una historia sin épica. Y por eso se siente tan real. La autora describe, sin edulcorantes ni bajadas morales, la discriminación que atraviesa a la sociedad londinense —con la inmigración como eje—, pero también los costados problemáticos de ciertas normativas adoptadas para combatirla dentro del cuerpo policial.

Otro de los materiales sobre los que se apoya la autora es el de las dinámicas internas de la institución: el relato está salpicado con sutileza por chistes sexistas o racistas, frases despectivas, códigos de silencio, complicidades… y cansancio. Casi todos los personajes están cansados, física y emocionalmente.

En este primer libro es destacable el fragmento dedicado a Cosmina, la inmigrante polaca víctima de violencia de género. La fricción entre imaginario y realidad que rodea al trabajo policial es plasmada de manera cruda, al igual que la oscilación entre euforia y frustración que atraviesa a quienes intervienen en este tipo de conflictos.

Una trilogía incómoda

Así como Post Mortem aborda los problema de la discriminación, la violencia de género será la protagonista de la segunda entrega, Death Message, publicada en castellano como Llamada de Emergencia. El último libro, cuyo título original es Gallowstree Lane -traducido no muy felizmente como La calle del Delito– aborda el el narcotráfico, las adicciones y la delincuencia juvenil.

Aunque cambien los hechos, los personajes maduren o evolucionen los vínculos entre ellos, un espíritu se mantendrá transversal en la obra: London no busca conmover ni deslumbrar, sino incomodar con un realismo que no hace concesiones. Su potencia está en esa aspereza que deja al lector sin respuestas fáciles y sin héroes a los que aferrarse. 

En esa renuncia deliberada a la épica, con una trama que carece de giros espectaculares  y de personajes excepcionales, Kate London construye una serie policial que no promete justicia: apenas el reflejo de una sociedad atravesada por desigualdades donde la búsqueda de la verdad puede tener costos que casi nadie quiere pagar.

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