Hay libros que son como abrir una ventana en un día soleado. Eso, al menos en Mar del Plata y en esta época del año no es tan común, pero cuando sucede, esa luz tibia que entra lo vuelve todo más afable. Así es la última novela de Marisa Potes, Costa Alejada, que publicó con la que ya es su casa: Editorial Del Fondo.
Está catalogada como una novela romántica, porque hay un amor que es el centro de toda la trama; pero si pudiera inventar otros parámetros para describirla diría que es una novela vecina. Puede sonar paradójico que un título que quiere proyectar la idea de lugar remoto logre un efecto de tanta cercanía. Y ahí está la magia de la literatura, y la destreza de la autora, por supuesto.
La novela propone un ambiente calmo, pero eso no significa que no pase nada. Luciano y Meli se van a conocer y se van a gustar, por supuesto. Cada cual tiene su historia, sus miedos y prejuicios, pero los conflictos que motorizan la trama son a tal punto cotidianos y reconocibles, que las angustias y las dificultades de los personajes podrían aparecer en cualquier charla de cervecería un viernes por la noche, cuando dos amigos se encuentran y la conversación empieza con “no sabés lo que me pasó”.

Marisa cuenta que escibió esta novela entre el año 2024 y el 2025: “Planifiqué más de lo que hago habitualmente… e igual terminé haciendo dos reescrituras. Primero se iba para un lado que no me interesaba, y luego había algo que no me cerraba, que me impedía seguir, así que una vez más, renombré el archivo, armé la secuencia de lo que tenía, y reescribí. Y sí, esa era. ¿Cómo me doy cuenta de eso? Es una sensación, una vocecita interior”.
-¿Cuál es tu primer recuerdo de haber pensado en estos personajes, esta historia?
-Lo primero que pensé fue en Luciano (que no tenía nombre) llegando a Costa Alejada, y enseguida apareció un diálogo burlón al estilo de los viejos del balcón de los Muppets, de dos personajes que con el andar de la escritura cobraron forma y personalidades propias, pero nunca dejaron de ser los viejos del balcón (todos tenemos un poco de esos viejos en nuestro interior, jaja).
En Costa Alejada, las y los lectores nos encontramos inmersos en un verano costero, una pequeña comunidad con sus características particulares, apenas alterada por la llegada de los turistas que quieren vivir la experiencia del pueblito, las olas, el bosque y los médanos. Ahí llega Luciano, buscando paz y distancia después de haber sufrido un desengaño. Ahí lo reciben, no sin reticencias, los habitantes de la Casa de la Tía Alicia, un complejo de habitaciones privadas con espacios comunes donde todos los integrantes son personas mayores.
–La novela propone una mirada sobre el envejecimiento y sobre compartir la vida por elección y no por mandato u obligaciones. ¿En qué te inspiraste para contar desde ahí?
-Pensé en el rol que se les suele dar en las novelas y películas a los viejos (si, les digo así, los amo): están ahí para ser sabios, o para morir y causar el momento triste para el protagonista. El período de veteranos de la vida es cada vez más largo y por lo tanto, más activo. No son los protagonistas, pero ¿Por qué darles ese rol y no el que veo a mi alrededor todo el tiempo, y al que aspiro o ya transito? jaja. Nuestras novelas, que muchos desprecian como “eso no es literatura”, acompañan y crean sentido en muchas personas. No me interesa alimentar el cliché de la viejitud descartable.
-Podría decirse que esta historia de amor entre Luciano y Meli es apacible, no exagera intrigas ni toxicidades. ¿Fue un desafío escribir más de 340 páginas sin enroscar todo al máximo? ¿Cuál es tu fórmula para combatir los lugares comunes a la hora de contar el amor?
-Enorme desafío. Así como cuando empecé a escribir La soledad de los secretos dije “quiero exagerar, quiero que pasen muchas cosas”, aquí fui por otra premisa, y ver cómo se podía lograr. La fórmula fue “¿qué tal si…?” y experimentar, por eso lo de las reescrituras. Lo que siento que no fluye, se va. Lo forzado, se corta. Conocer a los personajes es fundamental. No soy de hacer enormes construcciones previas de los personajes. Tengo algunas características, charlo con ellos, y luego los coloco en situaciones, y van reaccionando o actuando según su personalidad. Escuchar a los personajes creo que es la clave, y dejarlos ser. Meli invoca más de una vez al “dios de los clichecitos” para que le dé una mano, y… Bueno, en la novela van a ver si recibe la ayuda o no, jaja. En cuanto a los lugares comunes: les huyo. Los lectores dirán si lo logro, pero le escapo a fórmulas ajenas. Si lo mío se parece a alguien, es lógico, porque vivo en este mundo, ningún humano es completamente original, por más que en su conjunto sea único e irrepetible, pero no es porque haya buscado “escribir como tal autor”.

-Costa Alejada es, ante todo, una novela refrescante. El registro desenfadado y las personalidades de los protagonistas están en total armonía con la atmósfera que transmite El Refugio -el café de la protagonista, ubicado enfrente del complejo de la Tía Alicia-. ¿Qué cosas tuviste que acotar o recortar para sostenerlo?
-Me encanta que hayas sentido exactamente lo que quise lograr al escribirla. Estoy cansada de la oscuridad, de la estética de lo feo (le llamo feo a tripas, sangre y otras expliciteces), y que para tener valor haya que escribir solo sobre el lado feo de las cosas. “Pa’ fea ya está la vida que nos rodea”, es una frase que decimos con amigas, cuando aparece algo bonito. Me propuse escribir una novela acogedora, y que esa sensación no fuera solo porque “no ocurre nada”, sino a través de la atmósfera, de la actitud de los personajes, de los colores, de los diálogos.
Sin dudas, Costa Alejada acorta distancias a través del trabajo con el lenguaje que hace la autora, con un registro cercano, local, sin pomposidades y con voces propias de cada personaje, donde conviven los decires actuales con los que conservan las personas mayores, algunas más aggiornadas, otras más tradicionales.
Al respecto, Marisa confirma que, “junto con El Efecto Elefante, es la novela que más contiene mi lenguaje cotidiano. Los chistes pavos que hacemos. La mirada de la vida que tiene mucha gente hermosa que conozco, también hay gente mala que conozco. Ningún personaje es por completo alguien que yo conozca, pero está este mundo costero, muy del momento en que la escribí, con conflictos de gente real, que los resuelve sin que aparezca ningún mago que les solucione los problemas. Eso quise escribir: el amor en lo cotidiano, con los sucesos extraordinarios que ocurren en la vida de cualquier persona. Cuando entregué la novela para su edición, sentí que lo había logrado. Sino, no entrego. Me pone muy feliz recibir devoluciones de lectoras y lectores que me dicen que sí, que lo logré”.
Los personajes, las acciones, el arco narrativo, la resolución, y hasta el diseño editorial: todo en este libro contribuye y sustenta ese efecto final, esa ilusión de habernos mudado por un tiempo a un lugar confortable, con personas con las que vale la pena compartir el momento. Una lectura gratificante como una caminata por la playa, cuando asoma el verano.





