Un cuento de Borges, “Pedro Salvadores”, adelanta, como es su costumbre, en sus primeras líneas, la trama: “La mazorca, esta vez, no pasó de largo. Al griterío sucedieron los repetidos golpes, mientras los hombres derribaban la puerta, Salvadores pudo correr la mesa del comedor, alzar la alfombra y ocultarse en el sótano. La mujer puso la mesa en su lugar. La mazorca irrumpió; venían a llevárselo a Salvadores. La mujer declaró que éste había huido a Montevideo. No le creyeron; la azotaron, rompieron toda la vajilla celeste, registraron la casa, pero no se les ocurrió levantar la alfombra. A la medianoche se fueron, no sin haber jurado volver. Aquí principia verdaderamente la historia de Pedro Salvadores. Vivió nueve años en el sótano.”

El cuento de Borges es breve, como todo lo que escribe. Y refiere a un hecho real  que le fue contado por un familiar. Además, por lo que se sabe, solía compartir esta historia en las reuniones. Lo incluyó en su libro Elogio de la Sombra  (1969), pero seguramente el cuento ya había circulado. “Pedro Salvadores” es más bien una síntesis, o una enunciación para que la historia sea escrita. Por alguien, por otro.

Quizá uno de los mayores mitos de los escribas sin experiencia sea que se pasen la vida –todos nos hemos pasado una vida- buscando “la historia”. Más de una vez llegó un alumno o un amigo, a contarme una “anécdota” que le parecía la síntesis de la trama perfecta. No sabía, como no lo sabía yo en un tiempo, que la historia no tiene tanta importancia; lo importante es cómo se cuenta. Finalmente, dice Carlos Fuentes, hay cuatro o cinco temas –el amor, la muerte, la infidelidad, en fin–, lo demás es un “cómo lo escribo”. Piense el lector cuántas Romeo y Julieta lee cotidianamente o ve en telenovelas.

Todo esto viene a cuento de una asociación literaria que no hice hasta hace poco. Releyendo el cuento de Borges encontré el paralelismo con una novela de Andrés Rivera (1928-2016), En esta dulce tierra (1985).

Cuenta allí  que una madrugada de 1839, Gregorio Cufré, un médico opositor al rosismo, debe abandonar su casa para escapar de la mazorca. Necesita un refugio y no le quedan amigos: están muertos, o presos, o en el exilio. Cufré se entrega a la voluntad de una mujer con quien vivió un romance “perverso y secreto”. Ella, más por venganza que por amor, lo esconde en el sótano. Cufré,  un rehén orgulloso y alucinado, pasará varios años sumergido en esa bóveda oscura y húmeda, trasformada en una pesadilla.

¿Leyó Rivera el relato de Borges? Seguramente. ¿Eso lo inhibió de “reescribirlo”? De ninguna manera.  El relato de Borges es sencillo, despojado, casi una conversación de sobremesa. La novela de Rivera es un texto asombroso, sutil, conmovedor. Lo más alto de su literatura, que ya es decir mucho.

@NerioTello

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