A contramano de la antigua idea del intelectual torturado -ese escritor afiebrado que trabaja para exorcizar sus demonios-, Mauro De Ángelis explora en Wilson el humor y el placer de escribir las memorias de un funcionario político que trabaja bajo las órdenes de un monarca desquiciado.
No se sabe muy bien si el Ministro de Festejos y Protocolos, Edmundo Wilson, es un tipo con mala suerte o solo es una víctima más de los caprichos delirantes del monarca para el que trabaja. En su primera novela en solitario, Mauro De Ángelis se dio el gusto de escribir una historia marcada por los proyectos fallidos, los recuerdos malogrados y toda una serie de intervenciones poco felices de un personaje atravesado por la nostalgia de un amor perdido.

Editada por el sello independiente Bucarest, esta es una novela que reafirma y expande el particular estilo de De Ángelis: en clave de humor, a sus lectores y lectoras nos tiene acostumbrados a esos personajes insólitos que atraviesan situaciones irrisorias, desconcertantes y plagadas de equívocos y malos entendidos que le complican la vida y la misión a sus protagonistas.
En este caso, el Ministro Wilson, miembro de un largo linaje de funcionarios, se encuentra a las órdenes del Príncipe Álvaro, el heredero al trono a cargo del gobierno de una perdida isla mediterránea, en el tiempo en que su padre, el Rey Mario, se recupera de un impreciso padecimiento psiquiátrico. Influenciado por Modigliani, personaje ladino que va ganando poder con el devenir del tiempo, Álvaro le ordena llevar a cabo las gestiones para realizar celebraciones y eventos con pedidos absurdos y características casi imposibles de lograr que, en su mayoría, terminan mal.
Leal y dedicado, el protagonista se aboca por completo a cumplir las nuevas órdenes que se le han dado. Así, Wilson recorre la isla en busca del esquivo pianista Varlov, a quien tiene que convencer para que de un “concerto” en el cumpleaños del Príncipe, y en esa búsqueda se encuentra con una galería de personajes que lo llevan a descubrir los submundos de su querida isla.
En diálogo con Revista Leemos, el autor del volumen de cuentos Vía Crucis, publicado por Letra Sudaca; y de la novela El Lémur, escrita junto a Sebastián Chilano y publicada por Indómita Luz, contó que la idea que dio puntapié a esta nueva historia surgió a raíz de una publicación del profesor y doctor en literatura Juan Pablo Neyret en Facebook: “narraba los entretelones del recital de Keith Jarrett donde se grabó el disco The Köln Concert. Las peripecias sufridas por la gente de la organización (un piano equivocado, entre otras cosas), me sugirieron la idea de un personaje que tuviera ese tipo de trabajo”.

Características como el monarca desquiciado y los malabares de su entorno para sostener las decisiones de gobierno hacen que Wilson pueda leerse hoy como un anticipo literario de nuestra realidad (y no solo nuestra), pero el autor explica que “todo esto fue en 2019, antes de la pandemia, mientras hacía un taller de crónica con Bibiana Ricciardi. El libro se escribió ese año, durante seis meses. Por supuesto, no pensé que iba a tener correlato con la actualidad de 2026; sí, tal vez, con la de aquel momento o con ciertos personajes. Mi escritura casi siempre trabaja con otros elementos, no tanto con la realidad inmediata, pero sin dudas se filtra de forma inconsciente o, al menos, sin premeditación”.
Sobre su personaje, De Ángelis cuenta que “responde a un largo linaje de ministros, de creadores y artistas. Siente el peso del apellido y no quiere dejar mal parados a sus antepasados. Se sabe parte de una tradición. Su relación con la historia es admirarla, temerla y respetarla; también modificarla, en su medida. Sabe que, aunque sea en forma mínima o desde el ridículo, está alterando la historia de su isla”.
-Es la primera vez que publicás una novela “solo” ¿qué tal te resultó la experiencia de escribirla, de darle el tiempo a la historia que querías contar?
Es la primera novela que publico solo, pero es la cuarta o quinta que escribo. En un momento, interrumpí la escritura de cuentos y me propuse escribir una novela por año. Aclaro que no son obras extensas ni de una complejidad técnica apabullante. Venía cumpliendo con el plan hasta que llegó la pandemia. Ahí el ritmo decayó.
La experiencia de escritura de Wilson, tanto como la de El Lémur con Sebastián Chilano, fue muy divertida y feliz. Me gusta escribir y me siento mal cuando no lo hago. Dicen que uno no es vago con lo que ama; creo que es verdad.
@trianakossmann




