Cuenta el poeta colombiano Armando Orozco que un día de marzo de 1939 su padre se puso un revolver en la boca y se mató. El hombre dejó una viuda y siete hijos  y todo porque tenía un compromiso que no podía desoír. Pertenecía a un secreto Club de Suicidas en la ciudad de Armenia, capital del departamento de Quindío, en el oeste montañoso de Colombia.

Este macabro club, conformado por jóvenes ricos e intelectuales, logró trastocar la tranquilidad de la vida pueblerina. La ciudad, aun hoy mediana, con unos 400 mil habitantes, en esos años era apenas una villa. No había periódicos y la información corría en cotilleos de barrios.

Muchos analistas creyeron ver en este caso cómo la vida imita al arte. Un ejemplo dramático es el del joven Mark David Chapman, que según cuentan,  tras leer El guardián entre el centeno (también traducida como El cazador oculto), de J.D. Salinger deseó modelar su vida a imagen del protagonista, Holden Caulfield. Y el acto más brutal de esa imitación fue asesinar a John Lennon el 8 de diciembre de 1980.

En San Francisco funcionó también un Club de Suicidas cuyos miembros, lejos de pretender suicidarse, se dedicaban a las bromas festivas. Esa sociedad estuvo activa desde 1977 hasta 1983.

Por lo visto, el de Armenia no fue el único caso, aunque sí el más cruento.

Al parecer, los socios del macabro Club colombiano estaban tan poco apegados a la vida que encontraron un aliciente literario en El Club de los Suicidas, una historia policial escrita por Robert Louis Stevenson en el año 1882. El libro compuesto de tres relatos ofrece los “fundamentos” filosóficos de ese Club surgido de la ¿imaginación? del autor de El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde.

Por el pacto de silencio de los potenciales suicidas colombianos (que ya había fundamentado Stevenson) es difícil tener una estadísticas de los “socios” exterminados, pero se habla de más de 100 personas. El historiador Jaime Lopera asegura que en Armenia aun hay familiares de aquellos suicidas. Y hasta sobrevivientes que faltaron a su promesa y se avergüenzan de su estirpe de cobardes.

Según Roberto Restrepo, un antropólogo apasionado por el caso, “el Club de los Suicidas de Armenia” estaba formado por jóvenes de alta sociedad. Como cualquier club serio, y este sí que era bien serio, requería cuota de admisión y de sostenimiento. Un nuevo socio era aceptado si reunía determinados requisitos, como seriedad en los compromisos adquiridos y juramento de cumplir con la palabra empeñada; es decir, terminar con su existencia cuando le tocara el turno.

 

Nerio Tello es periodista, escritor, editor y docente universitario. Ha publicado alrededor de 30 libros, entre otros Periodismo Actual. Guía para la acciónEscritura Creativa La entrevista radial. Pueden leerlo en su blog, Letra Creativa.

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