Se dice que Mi noche triste (1916) es el primer tango canción. Narra, como se sabe, la historia de un hombre renunciado por su mujer, gran leitmotiv de la producción tanguera posterior. Los primeros cuatro versos de Pascual Contursi dicen así: “Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida, / dejándome el alma herida / y spleen en el corazón”. En la versión de Carlos Gardel puede escucharse claramente esa palabra, spleen (que algunos escriben esplín), y que luego, otras versiones transformaron en “espina”, que no es lo mismo.

Esa palabra, popular en otro tiempo, fue inmortalizada por el poeta francés Charles Baudelaire en Los pequeños poemas en prosa, también conocido como El spleen de París, una colección de 50 pequeños poemas escritos en prosa poética publicados en 1869, dos años después de su muerte.

Como sabemos nuestro vocabulario debe muchas palabras a los griegos que también acuñaron la palabra splēn, que vendría a ser el bazo, un órgano ignorado por los legos y que tiene alguna función en el sistema linfático. Los griegos pensaban que el bazo segregaba la bilis negra y esta sustancia se asociaba con la melancolía. Hoy sabemos, o al menos los médicos lo saben, que el bazo no se vincula con  ninguna melancolía, pero la imagen le ganó a la ciencia y sobrevivió en el lenguaje.

En el siglo XIX, antes de que Freud decretara la histeria, a las mujeres que padecían de mal humor permanente se les diagnosticaba spleen. Dicen que en alemán se usa la palabra spleen para definir a una persona “irritable”. En inglés moderno “To vent one’s spleen” significa “…expresar su ira”. Pero el sentido francés, y que adoptamos los argentinos, es mucho más poético, existencial diríamos, parecido al saudade portugués, de difícil traducción. Si bien la palabra ya no está en el uso cotidiano de los argentinos, recuerdo haber escuchado en boca de algún porteños legítimo, esa expresión tan singular; pero en el sentido que la usa Baudelaire.

“Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso, / rico, pero impotente, joven, aunque achacoso, / que, despreciando halagos de sus cien concejales, / con sus perros se aburre y demás animales. / Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón, / ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.” (“Spleen”)

“Nosotros tenemos, es verdad, naciones corrompidas, / De los pueblos antiguos, bellezas ignoradas: / Rostros corroídos por los chancros del corazón, / Y como quien diría bellezas de la languidez…” (“Yo amo el recuerdo…”)

Por cierto no es difícil asociar este término tan cercano a la cultura francesa a la melancolía del hombre gris de Buenos Aires: El hombre que está solo y espera, al decir de Scalabrini Ortiz. Arlt no usa el término, pero Erdosain es un personaje acosado por su spleen.  Algo de ese spleen flota en la obra del uruguayo Mario Levrero, y de los uruguayos en general. Para Baudelaire, la angustia existencial (o sea, el spleen) se origina cuando uno pierde el atractivo por la novedad y es acosado por la rutina; entonces se consume en una sensación de incomunicación con el entorno. Por eso el poeta camina, y sube hasta los techos de la ciudad, y desde esa altura contempla toda la languidez (la postración, el cansancio) que palpita en calle, en el burdel, o en las casonas, según el autor de Las flores del mal. O su desencuentro, agregamos. Tema este, el del desencuentro, también recurrente del tango (“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir.” O sea, Cátulo Castillo nos obliga a vivir después del fracaso. Algo imposible según Macedonio Fernández que no tenía ni una pizca de spleen).

Más allá de las temáticas, en la escritura de Baudelaire, la metáfora y la ironía no son simples recursos literarios sino dispositivos para sumergirse en ese espacio ininteligible que es el tedio. Y que traduce, finalmente, la vida en la ciudad. Esto también se palpa en el carácter porteño: quien más quien menos sueña con “un terrenito” o con “una casita en el mar, lejos del ruido”, y del spleen, agregaría.

“Y un sordo carraspeo de esplín y de macanas, / tangueándole en el alma le quemará la voz, / y muda y de rodillas se venderá sin ganas, / sin vida, y por dos pesos, a la bondad de Dios”  escribe en La última grela, Horacio Ferrer con música, claro está, de Astor Piazzolla.

El gran Homero Manzi también supo rescatar el término: “Parecés un verso del loco Carriego, / parecés el alma del mismo violín, / puntual parroquiano, tan viejo y tan ciego, / tan lleno de pena, tan lleno de esplín.” (Viejo Ciego)

Dicen que la perduración de la palabra en el lenguaje cotidiano de Francia habla de una notable relación entre los franceses, la melancolía y el aburrimiento. ¿Qué pensará de esto el Meursault de Camus? Ese mismo esplín tan francés parece perdurar en el tango, se inmiscuye como la humedad e impregna en una ciudad seductora y desordenada que irónicamente llamaron Buenos Aires y que ya olvidó la palabra que la define: spleen.

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