Me atrevo a adivinar que ‘Anónimo’, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer
Virginia Wolf

Aparecida en el imprescindible Un cuarto propio, la frase que precede estas líneas alude a un fenómeno que durante siglos dominó el universo literario: escribir era cosa de hombres.

Pero por más sociedad machista en la que hubiesen crecido, mujeres con algo para decir (y con muchísimo talento) existieron siempre. De allí que muchas hayan resignado su nombre para lograr que su obra fuera publicada y leída. Llegado el momento, una opción era el famoso “Anónimo” aludido por Wolf. La otra, camuflarse detrás de un nombre de varón. Así de simple (y violenta) era la cosa.

Montfort dialogó con Revista Leemos durante su paso por Mar del Plata.

En su nuevo libro, La mujer sin nombre, la española Vanessa Montfort -la autora de Mujeres que compran flores a quien pueden conocer en esta entrevista que concedió a Revista Leemos– nos cuenta la historia de una de esas mujeres que vivieron a la sombra de un hombre: María Lejárraga.

Todo comienza cuando a otra mujer -como no podía ser de otra manera-, Noelia Cid, le encargan estrenar Sortilegio, la obra perdida del reputado dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. Cid  decide informarse a través de los documentos que conservó su mujer, María. A medida que investiga, Noelia se va sumergiendo en la compleja relación amorosa entre María y Gregorio, al tiempo que va conociendo a esa mujer apasionada, talentosa y valiente.

El libro habla sobre el esfuerzo -y los sacrificios- que María debió hacer por ejercer su vocación, su participación en importantes hitos culturales del siglo pasado, como el Madrid literario de los años veinte, en el París de la Belle Époque, la lucha política de las mujeres durante la Segunda República, el exilio tras la Guerra Civil, la ocupación de Francia por los nazis o la época dorada de Hollywood. 

Otras mujeres de letras invisibilizadas

Las hermanas Brontë firmaban con seudónimos masculinos

A partir de esta nueva obra de Montfort, recordamos a otras escritoras que debieron ocultarse detrás de nombres masculinos para ser leídas:

Las hermanas Brontë: las obras de estas tres mujeres, hoy consideradas clásicos de la literatura británica y por qué no universal, fueron publicadas originalmente con nombres masculinos.

Las tres eligieron nombres que coincidieran con sus nombres de pila: Charlotte se escondió detrás del seudónimo Currer Bell para publicar sus obras, entre las que se destasca Jane Eyre. Por su parte Emily publicaría como Ellis Bell su popular Cumbres borrascosas en tanto que Anne firmaría como Acton Bell la obra por la que la conocemos, que es Agnes Grey.

La autora comenzó su trayectoria literaria firmando como A.M. Barnard.

Louisa May Alcott: la autora de Mujercitas comenzó su carrera literaria firmando bajo el seudónimo de A. M. Barnard. Con ese alias escribió cuentos y lo que en la época victoriana se conocía como “relatos melodramáticos”. Después de haber escrito muchos textos, de distintos tipos y con éxito más que notable, la autora luchó por publicar su gran novela con su auténtico nombre, quizás intuyendo la trascendencia que Mujercitas tendría para su carrera. Y para la historia de la literatura, finalmente.

Mary Anne Evans: también fue una de las voces más influyentes de la literatura de fines del siglo XIX, solo que por aquel entonces se la conocía como George Eliot. Fue una autora prolífica y publicó obras como Adam Bede, El hermano Jacob, El molino junto al Floss, El velo descubierto o Middlemarch.

La editorial que aceptó publicar la saga de Harry Potter le sugirió a la autora que ocultara su género.

Sidonie-Gabrielle Colette: quién llegaría a ser la única mujer que recibiera la Legión de Honor francesa por su obra literaria, ni siquiera llegó a usar seudónimo: su marido su primer marido la suplantó y sus textos aparecieron firmados con su nombre de Henry Gauthier-Villars. Con el tiempo le vino el justo reconocimiento y llegó a presidir la Academia Goncourt.

J.K. Rowling: aunque parezca increíble, hace apenas un par de décadas quién sería la autora más vendida del fin de siglo también tuvo que esconder su género para ser publicada. Fue una sugerencia de la editorial y el argumento fue que “ningún adolescente querría leer un libro escrito por una mujer”. Años más tarde volvería a apelar a un seudónimo masculino (Robert Galbraith) para publicar sus nuevos libros de la serie Cormoran Strike.

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