De lecturas y relecturas: El año en que hablamos con  el mar

Una isla, dos mellizos que llevan cincuenta años sin verse, una pandemia que los une durante cuatro estaciones y una comunidad que encuentra en esa convivencia el marco necesario para narrar su historia.

Esos son los elementos que utiliza Andrés Montero para construir El año que hablamos con el mar -editorial La Pollera-, una novela que se vale de una historia aparentemente chica para contar cientos de historias que terminan construyendo, unidas, la historia de todo un pueblo. 

O, mejor dicho, no la historia de un pueblo, sino de una isla. Algo que -al momento de la relectura- se descubre como una una excelente elección de parte de Montero: cualquier lector puede identificarse con los habitantes de esa isla, que no por casualidad no tiene nombre ni aparece en ningún mapa. 

Porque, ¿Qué es, en el fondo, el lugar donde nacimos, donde crecimos o donde vivimos, sino una isla? Puede no ser un territorio rodeado de mares sino de campos, montañas, lagunas o, incluso, más ciudades. Pero siempre habrá algo que la divida del resto, que la delimite, que la a(isle): reglas propias, gente propia (la de siempre, la nueva, la que va y viene, la que está pero nunca llega a estar…), historia propia.

Una historia que se sabe parte de algo más grande, de la misma manera que una isla se sabe parte de un conjunto geográfico mayor. Y aún así, será inevitable: lo que suceda “allá”, en el Continente o en “la capital”, se vive como algo propio y ajeno a la vez; algo que afecta y no afecta, que la representa y no la representa. 

En esta novela, la condición insular del terruño de los Garcés permite conectar y desconectar, casi a voluntad, con la historia chilena y de toda Latinoamérica. Aparecen lazos evidentes -una historia común atravesada por genocidios, dictaduras y crisis económicas y sociales- y otros menos explícitos, pero no por ello menos reales, como la presencia naturalizada y jamás cuestionada del realismo mágico no solo en nuestra literatura, sino en la vida misma

Así, a nadie asombra que la isla advierta a sus habitantes que “están por llegar visitas” a través de cambios sutiles en el aire, el mar o el aleteo de las aves. Tampoco que el  “tañido fantasmal y lejano” de una campana de oro hundida se sume a esas señas.

O que un hombre haya hecho fortuna gracias a un pacto con el diablo y que luego utilice a una niña/mujer, a la que someterá a una prolongada relación de autoritarismo y abusos, para eludir a la parca.

De qué va

Pero vayamos a los orígenes. La novela comienza con el retorno de Jerónimo a la isla que lo vió nacer después de 50 años de ausencia. Allí se reencuentra con Julián, su hermano mellizo, que no abandonó nunca la tierra que los vio nacer. Aunque el plan de Jerónimo es quedarse apenas una semana, una pandemia mundial lo dejará atrapado en la isla durante las cuatro estaciones de un año.

Estación tras estación, Montero va narrando no solo la historia de los mellizos sino también la de la familia Garcés -en la que podría estar representada cualquier familia fundadora latinoamericana-, la de Milena -la joven argentina que conquistará el corazón de ambos mellizos- y la de un puñado de personajes entrañables que van tejiendo la historia comunitaria.

Una voz, todas las voces

La novela tiene una particularidad que la hace especialmente atractiva: está narrada por una voz en la que están representados todos los habitantes de la isla. Pero ese narrador comunitario no es estable, bien puede convertirse en un “nosotros, los varones”, bien en un “nosotras, las mujeres” o incluso algún personaje específico que pronto vuelve a disolverse en el nosotros.

Ese ser colectivo intenta develar el misterio del distanciamiento entre los hermanos Garcés, y esa excusa funciona como hilo para deshilvanar la historia familiar y, al mismo tiempo, ir hilvanando la historia de toda la comunidad.

Montero aprovecha ese dispositivo para plantear aquí un dilema precioso sobre la construcción de la memoria colectiva. Reunidos en un fascinante barco encallado que funciona a la vez como taberna y centro cívico, los y las habitantes del pueblo registran, y a la vez recrean, su propia historia.

Son conscientes de que la reconstrucción que hagan será la que quede como verdadera, por lo que intentan ser rigurosos. Pero a veces esa rigurosidad pesa, inmoviliza. Hasta que entienden que “una historia solo existe en la forma en que se cuenta, y nosotros queríamos que existiera así que no podíamos ponernos tan mañosos”

“Fuimos estampando el relato con nuestras huellas -continúa Montero a través de sus narradores-: no importaba si se ensuciaba, porqué eran las huellas de todos. Y eso estaba bien, eso nos quitó el miedo. Nos gustó esta cosa de ser una sola voz, de ir recuperando la palabra de una voz por todos”.

Bellísimo.

Pasajes para recordar

Esa fue la palabra que pronunció el librero que me recomendó El año en que hablamos con el mar. También la utilizó una amiga cuando supo que lo había comprado. Y es la que me vuelve, inevitablemente, cada vez que pienso en este libro. 

Porque es bellísima la historia que Montero eligió contar.

Bellísima la inclusión de un  tercer hermano, Juan de Dios, que al sumarse a los mellizos parece una metáfora de las múltiples personalidades que todos llevamos dentro.

Bellísima la descripción que hace Jerónimo de los distintos tipos de narradores: el campesino, que recoge las historias de su tierra, y el marinero, que se aleja en busca de nuevas aventuras.

Bellísimas las reflexiones sobre el oficio del periodismo, de la narración oral, de la construcción de las memorias colectivas.

Bellísima la forma que elige Montero para denunciar las formas contemporáneas de colonización y de robo de territorios: el avance de la industria turística, los proyectos inmobiliarios, los nuevos “invasores” —turistas que no saben llevarse su basura— y la estrategia para ahuyentarlos: la creación de un cementerio de almas; ese espacio que cumple el doble propósito de recordar a quienes “nos robó el mar” y, más terrenalmente, bajar el precio de las tierras (nadie quiere vacacionar al lado de los muertos, aunque no estén de cuerpo presente).

Confieso que este fue uno de los fragmentos que más me conmovió, tanto por su belleza como por su profundidad filosófica. Tal vez influya el hecho de ser argentina y marplatense, con el doble historial de presencias y desapariciones que eso conlleva.

Y bellísima, también, la cosecha de palabras que Montero y sus isleños van haciendo a lo largo del libro, y que merecería un catálogo propio.El año en que hablamos con el mar es, sin duda, un libro bellísimo.

Por más que suene simple, no encuentro otra forma de decirlo.

Y no voy a buscarla.

Porque, como dirían los isleños,… qué linda palabra, esa. Este libro se la merece.

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